jueves, julio 13, 2006

UN ADIOS

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Día gris con muchas flores. Flores de todos los colores. Preciosas rosas, gladiolos, lirios, mantos, claveles... Parecía un regalo del cielo todo aquel conjunto reunido por todos los rincones de la estancia. Pero no era un regalo del cielo, era flores sencillas que gentes de todas las condiciones habían traído y depositado en ese sitio como homenaje póstumo a una persona.

Y allí estábamos, en ese lugar, mirando las montañas nevadas que dejaban asomar sus cimas nevadas en la lejanía, con su porte majestuoso y desafiante entre las nubes que las rodeaban.

Abajo la ría, donde se encontraban las aguas del mar, en esa subida diaria y las del río que sorteando la marisma bajaban a encontrarse a nuestros pies y fundirse en un beso transparente, para luego, tras endulzar esa sal hacer que la comunión de las dos aguas, la del mar y la del río recorrieran juntas el camino de la ría y se deslizaran con la bajamar hasta perderse en la inmensidad de los océanos.

Unas voces recias cantaron esas canciones inconfundibles; voces graves de marinos y personas de mi pueblo que guardan en el alma el sabor de esta tierra, de esta Villa y sus costumbres. Unas voces entrenadas, unas veces, en la taberna mientras llevan a su boca el vaso de vino para seguir con la siguiente canción, mientras que en otras ocasiones esas voces fueron enseñadas con mano cariñosa por otra persona, ya desaparecida, mientras moldeaba esos tonos y hacía que el acorde de los mismos no desentonara y rompiera el embrujo y el hechizo de las gentes marineras.

Luego la lluvia empezó a caer y allí seguimos. Al fondo las montañas se fueron tapando por unas nubes grises que llegaban hasta nosotros y descargaban con fuerza las gotas de lluvia y hacían que los paraguas se abrieran buscando tapar, en lo posible, a las personas que seguíamos aquel acto.

Las flores se mojaban y empecé a pensar en ellas. Pensé en tantas cosas mientras el sacerdote decía la última plegaria y mi alma se afligía.

La caja con el cuerpo fue depositada en el panteón familiar mientras la lluvia arreciaba, como si fueran lágrimas contenidas de un cielo que llorara la pérdida de un ser querido.

Al final regresamos a nuestras casas dejando atrás las flores, la tarde y el amigo durmiendo en paz su último sueño.

Rafael Sánchez Ortega ©
20/04/05

3 comentarios:

Sharanda dijo...

Buenas noches, me he paseado por tu blog, y me parece un mundo de ensueño y magia tus letras y la música, te he puesto un link en el mio, espero no te moleste, un saludo.

IGNACIO dijo...

Flores para una despedida o un grato recuerdo, flores para los vivos, y flores para los muertos.
Emotivo tu post.
Saludos Rafa.

Anónimo dijo...

Bebe de mi boca,
rompe esta frágil copa
y dejate saborear
cual vino embriagador...