domingo, mayo 10, 2009

EL PUENTE


Me encuentro al otro lado del puente que forma mi vida. En realidad me vuelvo un instante, en esta tarde azul y con nordeste, para contemplar todos esos ojos salvados, todas esas etapas cruzadas a través del tiempo y veo, a lo lejos, en la otra punta del puente, aquel rincón de la infancia.

Cuando la analizo y me veo en ella, cuando retrocedo a esos momentos vividos de niño que hoy surgen como imágenes borrosas, pero vivas aún, en el recuerdo, me doy cuenta de la grandeza de ese tiempo ya pasado y que sin duda fue la cuna y la base de lo que yo pueda ser hoy, este caminante que se ha detenido un instante al otro lado del puente.

Es cierto que la niñez es un periodo de crecimiento, de absorción de conocimientos que nos desbordan los sentidos; es cierto también que es la época más egoista del ser humano, ¿pero quién no ha sido egoista en esa etapa?, ¿quién no ha buscado ese beso, esa caricia, esa mano que le roce y esos labios que le digan la palabra amable y la que él desea?

Yo veo a esa figura al otro lado del puente y la veo con unas arrugas precoces en su frente de niño; también le veo con aquellos sueños que llevaba en su alma mientras buscaba los personajes surgidos en los libros y que él, iba dando forma con su fantasía. Le veo crecer en un hogar humilde, en medio de la pobreza, sin juguetes, vistiendo ropa usada y que venía de muy lejos; le veo subir al colegio y tratar de adivinar el contenido exacto de lo que explicaba su profesor en aquel aula.

Pero también veo a esta figura en aquellas tardes interminables y que sin embargo siempre sabían a poco, porque pasaban en un suspiro. Le veo en aquellos atardeceres mirando al sol ocultarse tras las montañas, y le veo, ya más tarde, en el final de su infancia, cuando cambió aquel escenario, por el de la costa, allí en la barra, contemplando a los barcos que rompían la línea del horizonte, mientras el sol se fundía en las aguas, dejando aquel color rojo intenso.

No sé cuántos ojos tiene este puente ni cuántos me separan ya de la infancia. Lo que tengo claro es que aquella fue una etapa hermosa, quizás la más hermosa de mi vida y que la misma sigue viva, que la recuerdo con el cariño del momento ya pasado, que la añoro a veces por lo sencillo que todo me parecía y en especial, porque de ella surgía ese algo que hacía que mi cuerpo se estremeciera, que sintiera el soplo de la brisa en mis cabellos, que notara el latido de la vida en el mar y las estrellas.

¡La infancia y hoy!, hermoso puente que separa esos dos momentos de una vida, de mi vida.

Sin embargo, aunque admire aquella infancia, aunque la añore y la tenga muchas veces en mi recuerdo y vuelva a ella para vivir viejos sucesos, no renuncio a mi hoy, a mi realidad, a mi día a dia, en este otro lado del puente en el que vivo. Porque en definitiva, yo soy quien soy, con mis defectos y virtudes, gracias a aquellos primeros ojos de ese puente que comencé a cruzar, hace ya muchos años.

Rafael Sánchez Ortega ©
16/03/09

jueves, abril 16, 2009

DE VUELTA A CASA





Esperaba en aquella estación la llegada del tren. Sabía que hoy día 13, ella, llegaba de vuelta de ese corto viaje realizado con motivo del puente de Semana Santa. No había llevado flores para recibirla, aunque sí se había arreglado y su aspecto era atractivo y agradable.

Mientras esperaba pensó en lo corto que se pasa el tiempo y en lo larga que se hace la espera. Quizás ese tiempo corto era similar a ese paso del tren de mercancías que ahora cruzaba ante la estación, mientras dejaba en el aire el sonido inconfundible del traqueteo de sus vagones cargados de coches y bobinas. Pero también, el tiempo, se hacía largo en la espera, como en aquellos viajes que recordaba de su infancia, cuando marchaba a Valladolid y Madrid, sentado en aquellos compartimentos cerrados, donde en un mundo desconocido, vivía unas horas, compartiendo el silencio y la soledad.

Recordaba aquellos tiempos y la mirada de reojo a los vecinos de asiento, a la señora que tenía delante y que miraba ensimismada por la ventanilla, los inmensos campos de trigo y las llanuras de Castilla que no tenían fin, en aquella alfombra dorada.

También recordaba la noche interminable, con las sombras, y la luz apenas imperceptible que iluminaba el compartimento y que se reflejaba en el cristal, impidiendo ver con claridad, lo que la oscuridad ocultaba celosamente.

Pero no podía olvidar los ojos inquietos que miraban y buscaban una respuesta, quizás una ayuda ante el cansancio y la postura, quizás un recuerdo lejano que llegaba en ese sueño que pugnaba por cerrar los párpados, dejándose mecer por el movimiento sincronizado del tren al moverse por las vías.

Es cierto que aquellos fueron otros tiempos, que hoy las comunicaciones habían cambiado, que no se utilizaba tanto el tren y que aquel medio de transporte había sido sustituido por autobuses de gran potencia y autonomía en el desplazamiento, así como las vías aéreas de comunicación, que en las diferentes provincias existían y comunicaban todo el país.

Sin embargo había acudido a la estación con la esperanza de que ella volviera en ese tren que estaba a punto de llegar y que, a lo lejos, lanzaba un pitido anunciando su presencia, tras el arco del recinto.

De repente se puso nervioso al darse cuenta de que no había preparado nada para decirla, que ni siquiera sabría qué le iba a contar ó preguntar, cuando estuviera a su lado. Lo mejor sería interesarse por su viaje, por esos días pasados fuera de la ciudad, por esas mini vacaciones y por el tiempo que hizo en aquel lugar donde se había desplazado. Pero desechó esta idea por considerarla algo vulgar. Debía preguntarle si lo había pasado bien, si había recibido su mensaje, el que le mandó noche tras noche, cuando antes de irse a la cama, salía a la ventana para ver la estrella en lo alto y decirla que sí, que allí estaba esperando su vuelta, como la estación donde ahora se hallaba, esperaba día tras día y a la misma hora, la llegada del tren de pasajeros.

El tren hizo su entrada en la estación y rechinaron las ruedas con la frenada, en un suave silbido imperceptible. Se abrieron las puertas y empezaron a salir pasajeros que caminaban por la estación buscando la salida. Y de pronto la vió. Venía arrastrando su maleta; ese nuevo modelo articulado, donde unas ruedecillas hacían ese servicio hoy en día, y que hace años era algo impensable.

Entonces dio unos pasos y fue a su encuentro. Ella se detuvo y ambos se miraron. El no fue capaz de pronunciar una palabra de las muchas que, unos momentos antes, había improvisado y solamente pudo tomarla las manos, mirar sus ojos y simplemente depositar un beso en sus labios. Luego se separaron y sus ojos comenzaron a decirse, sin palabras, aquello que ellos no eran capaces de llevar a sus labios.

A su lado, en la vía muerta de la estación, un tren, cansado de un largo viaje, descansaba del mismo y a la vez era testigo de excepción de este encuentro. Quizás, a lo largo de su vida, había sido también testigo de numerosos encuentros, como éste, y también Notario de besos y llantos entre las personas que llegaban y las que esperaban en los andenes.

Rafael Sánchez Ortega ©
13/04/09

miércoles, febrero 25, 2009

¿DÓNDE ESTÁS AMOR...?




Era una tarde de Febrero y el invierno languidecía, a medida de que los días avanzaban, y las tardes eran más largas. Yo imaginé a esa figura conocida avanzando por la ribera que rodea la parte baja de la Iglesia, por ese paseo encantador que recoge el atardecer y la subida y bajada de la marea.

Y la imaginé con su paso inconfundible, con su figura de mujer y madre, con el peso reciente en sus espaldas, con su bolso a cuestas y con esa mirada que se perdía, a veces, en el horizonte, y otras buscando el reflejo del sol que también se estiraba en las aguas de la rìa.

Era una chica joven, una mujer de edad indeterminada, su figura era linda, su rostro dulce y el pelo revuelto, su cara... ¡Si, su cara reflejaba algo más que ocultaba muy adentro!

Su vida no se diferenciaba de otras muchas que pasaban a mi lado, de las que tropezamos cada día en la calle, en el supermercado, en la cafetería, en el trabajo y en tantos y tantos sitios.

Pero era a ella, precisamente a ella, a quien la desgracia había señalado y llamado una noche ó mejor una mañana, cuando al despertar en su cama y estirar el brazo para acariciar al ser amado, se encontró con un ser inerte, con alguien que no respondía a sus caricias, con un ser inanimado y que había partido de viaje. ¡Un viaje sin retorno, un viaje sin anunciar, un viaje a ninguna parte!

Aquella mañana empezó para ella una nueva vida, sin darse cuenta. Los primeros momentos fueron de confusión, de perplejidad, de llamadas a familiares, a los amigos, a los compañeros para decirles lo que había pasando y todo sin darse ella verdadera cuenta, de que se estaba convirtiendo en protagonista de una escena, de una nueva vida, que a partir de ese momento empezaba para ella.

Y así fue; pasadas las primeras horas y a medida que los días iban transcurriendo, ella fue entrando en la conciencia plena de la ausencia del ser querido, de aquella persona con la que había compartido su vida, de la que habìa amado y formado una familia, con el ser que ocupaba el centro de su vida, con el compañero de ese viaje, que tantas veces había reído a su lado, la había abrazado y habìa sentido el suave roce de sus besos en la cara.

Ya no estaba el ser amado, habìa partido ó el destino le había arrancado cruelmente de su lado una noche, sin aviso, sin dejarle preparar las maletas, sin siquiera dejarla un beso y un abrazo.

Y ella estaba allí en esta tarde, paseando sin rumbo en la ribera, mirando al horizonte donde se alzaban las montañas majestuosas y observando el reflejo de ese sol que navegaba entre las ondas de la rìa, como ellos navegaron muchas veces a pescar esos peces que luego limpiaban y freìan entre risas y bromas.

Por eso no podìa impedir que una lágrima traidora bajara de sus ojos, ni podía impedir ese grito que salía de su pecho, ni podìa evitar la rabia ante la vida y el destino que le había arrebatado lo que más amaba, lo que más apreciaba y al ser con el que compartìa todos sus momentos, sus pequeñas anécdotas y vicisitudes en esas jornadas que ya nunca volverían.

Por eso tenía que gritar en medio de esa soledad, por eso buscaba aquel lugar tranquilo, bajo los pinos y junto al paseo, por eso llevaba en su bolso aquel cuaderno que sacó al sentarse en un banco y por eso, tomando el bolígrafo, empezó a escribir estas palabras...

"¿Dónde estás amor...?"

Yo pude leer por encima de su hombro aquellas letras, pude robar aquellos signos mágicos que pedían una respuesta, pude ver la tristeza que salía de aquel alma destrozada y pude rozar, con la brisa del nordeste, el alma noble y solitaria de aquella mujer, aquella madre y pronto abuela, aún joven que, sentada en una tarde, pedía una explicación a un suceso que había pasado unos meses atrás, aunque sabía de antemano, que el silencio sería la única respuesta.

Yo simplemente quise dejarla mi música en su oído, la música del viento del nordeste con ese coro inconfundible que hacen las gaviotas revoltosas. Y quise también llevarle el salitre del mar, de ese mar que ella también conoce, y el de esa tierra donde tantas veces trabajò junto a su esposo y compañero, para decirla que sí, que era cierto lo de ese viaje sin destino ni retorno, pero que ella estaba allí por algo, estaba viva aún y su vida, sus días tenían un sentido; que debía aprovechar el tiempo, enjuagar esas lágrimas para que el ser amado la viera feliz allì donde estuviera ahora, en ese lugar cercano ó lejano, pero también en ese otro que ocupó desde hace años y que ahora ocuparía ya, eternamente en su corazón, hasta que Dios ó el Destino la llamara a ella para ir a su encuentro.

...Y mientras yo soplaba su pelo y acariciaba su alma, mientras sentía sus latidos presurosos y veía caer esas lágrimas traidoras, mientras era testigo y presenciaba, invisible todo esto, ella acabó su escrito y pude contemplar, igual que al comienzo, aquella frase y esas tres palabras...

"¿Dónde estás amor...?"

Rafael Sánchez Ortega ©
25/02/09

viernes, febrero 13, 2009

QUERIDA AMIGA...

En realidad buscó un rincón de la estancia, frente a la chimenea sin fuego, con su cuaderno en las manos y aquel bolígrafo impaciente, que aguantó tantos impulsos nerviosos de sus dedos en el pasado.

Estaba allí para escribir, para llevar al papel algo que en su interior quería decir, pero no sabía cómo empezar, cómo dar forma a esa idea, ese sentimiento que estaba en su pecho, y que había nacido sin darse cuenta, entre la nube de sus sueños.

Cerró los ojos, adormilados, como buscando en esas sombras la luz que le guiara, la chispa que le diera el punto de partida, para poder comenzar, mas tarde, a escribir, letra a letra todo aquello que guardaba.

Afuera llovía y el ruído de la lluvia al caer, con su sonido rítmico y pausado de las gotas diminutas y constantes, formaban unas notas de música sin forma, sin orden ni concierto, en un baile de agua, cayendo de los cielos, que plasmaban en los charcos y formaban allí, unos pasos de figuras invisibles que bailaban sin cesar.

¿Cómo decir a un cuaderno desnudo y a una página inmaculada lo que sentía?, ¿cómo hablar en silencio sin palabras y decir con unas letras tantas cosas?

En realidad buscaba soledad y la tenía. Tenía casi todo en esta vida y sin embargo había ese "casi", ese sueño quizás imposible que impedía que fuera totalmente feliz, aunque también pensaba, que la felicidad total, la que se sueña desde niño, quizás es simplemente una utopía, una ilusión y un algo irrealizable.

De pronto pensó en su pasado, en tantos momentos y situaciones donde vivió intensamente, donde supo beber y emborracharse del néctar de la vida, donde pudo escanciar hasta la última gota de aquel tiempo ya lejano. Y pensó en aquel pasado con nostalgia para luego menear la cabeza con un estremecimiento y decirse que sí, que aquello fue algo vivido, pero que era ya, parte del pasado, de su vida y de su yo.

Ahora estaba en el presente, en el salón de su casa, con un cuaderno entre la manos y un boligrafo inquieto que esperaba entre sus dedos. ¡Tenía que escribir lo que pensaba, tenía que plasmar lo que sentía, tenía simplemente que sacar todo ese peso de su pecho, tenía que mandarle al viento sus suspiros y tenía que dar vida a una cuartilla, en blanco, que esperaba!

Con la luz que se filtraba en la ventana y la chimenea sin fuego que esperaba, junto al sofá y el viejo escritorio de su infancia, con aquella planta de interior por siempre verde, como únicos testigos, y una alfombra un tanto envejecida por el paso del tiempo y de los años comenzó a escribir en el cuaderno y unas letras asomaron en el mismo y cobraron nueva vida:

Querida amiga...

Rafael Sánchez Ortega ©
22/10/08

lunes, enero 05, 2009

CARTA A LOS REYES MAGOS



Queridos Reyes de Oriente...

Voy a cerrar los ojos y a dejar volar mi fantasía, como hacía en otros años, cuando era niño y escribía aquellas cartas, aquellas líneas invisibles en las cuartillas en blanco que nunca recibisteis.

Y es cierto que escribí esas cartas en mi imaginación y soñé como niño y como hombre con esos regalos que veníais a traer en esa Noche a todos los niños de la tierra.

Dice la leyenda y también la historia, que hace dos mil años llegasteis con regalos y presentes para adorar a un Niño recién nacido en un portal de pastores, en Belén.

Sigue la historia y la fantasía diciendo que esta Noche venís también con regalos para todos los niños y también para todos los hombres de buena voluntad.

Es hora de escribir esa carta, quizás aquella escrita tantas veces y enviada a las estrellas, quizás las létras que iba desgranando mi mano día a día, noche a noche para decir simplemente que deseaba amar, que quería sentir el amor en su estado mas puro y con ese manto de blancura y de belleza.

Ya sé que los niños piden y pedíamos cosas imposibles, aunque el amor, estaba ahí, en ese portal de Belén, en ese Niño, recién nacido a quien vosotros íbais a llevar los regalos.

Yo simplemente os pedía un poquito de esa luz, un pedazo de ese brillo luminoso que enciende el alma, unas gotas de ternura para hacer mi camino más alegre, unas chispas de fantasía para saber amar más y mejor y poder entregar, más tarde, ese sentimiento transformado a todos los seres que me rodean.

Y así mis cartas fueron quedando en el camino, como las hojas de los árboles, que en el otoño se van derramando por el suelo.

Vosotros llegabais y yo os miraba cada año, os seguía en cada Navidad y esperaba simplemente ese regalo, ese pedacito de amor, esa guirnalda para poner en mi pecho, ese suspiro del cielo y de los labios de ese Niño.

Hoy, como ayer y como en tantos otros años, os pido lo mismo. Pido el amor para todos los hombres, pido que se acaben las guerras y violencias, pido que no haya hambre ni injusticias, pido que las personas cierren los ojos un instante, detengan su paso y su camino y que pongan la mano en su corazón, que sientan que están vivos, que viven en un mundo en el que todos debemos caminar de la mano y mirarnos a los ojos, sin miedo.

Si no es mucho pedir, rogaría mirarais en vuestro saco, en ese fondo inmenso de los mismos para ver si queda este regalo, el de la paz y el amor para todos los hombres, porque con este presente olvidado, yo quedaría contento y sería feliz, durmiendo en paz y abrazado a mis sueños.

Rafael Sánchez Ortega ©
05/01/09

lunes, diciembre 22, 2008

DOS CARTAS EN NAVIDAD...


Tarde intensa de blancura en las montañas con un cielo azul celeste y un sol brillante que dejaba su calor sobre los hombres.

Era un parque con árboles y bancos para sentarse, con niños que jugaba en las plazoletas mientras los pajarillos cantaban en este invierno que empezaba.

En un banco estaban juntas dos figuras. Un niño y un anciano que llevaban cada uno una libreta y un bolígrafo en la mano. Sorprendido antes este cuadro me acerqué por detrás, escondido entre la brisa marina para ver que hacían en el cuaderno. Estaban escribiendo, estaban plasmando sus letras, cada uno en un estilo, cada uno con una forma y cada uno dejando en esas letras un deseo.

En el cuaderno del niño pude leer lo siguiente:


"Queridos Reyes de Oriente...

Me dicen mis padres y los amigos que vais a venir al mundo dentro de unos días, para adorar a un niño que vá a nacer en un portal en Belén y le entregareis unos presentes. Me dicen que vosotros traereis muchos juguetes y regalos a los niños que hayan sido buenos, a los que se hayan esforzado y ayudado en sus casas, a los que han estudiado y a los que no faltaron al respeto a los demás.

Yo he tratado de hacer todo eso y no sé si lo he consegudo. Algunas veces he ayudado a mis padres, les he sonreído, he ido a buscar algunos recados a las tiendas y supermercados, también he estudiado en el colegio y no creo haber faltado al respeto a mis compañeros ni a las personas mayores.

No sé si todo esto es merecedor de un premio, pero si así fuera, quisiera pediros algo. Quizás algo especial ya que no quiero juguetes y no es que no me gusten, pero quisiera algo más importante. Me gustaría que se acabara el odio entre los hombres, con las guerras y las hambres, para que todos los niños del mundo podamos jugar en un mundo nuevo y diferente y para que podamos crecer y salir al trabajo sin miedo. Para que podamos viajar a cualquier parte sin el temor a una guerra, a una situaciòn de violencia y tampoco a ver esas imágenes, que muchas veces he visto en las revistas y en la televisión de niños y mayores pasando hambre, con sus cuerpos delgados y esa mirada intensa y profunda, llena de sufrimiento y dolor.

Quizás es mucho lo que os pido, Reyes de Oriente, pero no quiero juguetes. Renuncio a la Play Station, al vídeo prometido por mis padres, al viaje que quieren que hagamos el próximo año, renuncio a la ropa que quieren comprarme y esos globos de luces y colores que llenen mi fantasía.

Si podeis,, si es posible, mirad bien vuestras alforjas para ver si queda en ellas un poquito de paz, y que la misma llegue a todos los hombres. A nuestros políticos, a nuestros gobernantes, a nuestros profesores, a nuestros amigos, a nuestros padres y que esa paz nos llene e inunde haciendo que este mundo sea distinto, sea una isla donde el cariño y el amor sea una constante y del que nos podamos sentir orgullosos algún día.

En fin, Reyes de Oriente, quizás me estoy pasando con mi carta, no quiero cansaros con mis peticiones, porque sé que teneis muchas que atender, en estos días, de otros niños y de personas mayores, que también os habrán pedido muchas cosas.

Sólo deciros que si venís a adorar al Niño que vá a nacer y si podeis regalarme lo que os pido, sería algo maravilloso, pero sino es posible, quiero que sepais que tendreis en mi siempre a un amigo y que estaré a vuestro lado en estas fechas, para aprender y recibir el mensaje de cariño y el amor que nos traeis, cada año, en estos días de Navidad.


Un abrazo,

Miguel"


Cuando leía estas letras, a medida que iban saliendo de la mano de aquel niño sentía una ternura infinita que me recorría, un algo especial que me transportaba de un lugar a otro entre el movimiento continuo de esa brisa que soplaba y que como en un baile de vals llevaba mis sensaciones a diferentes compases.

De pronto posé mis ojos en el otro cuaderno, en la cuartilla que el anciano estaba escribiendo y que con mano temblorosa iba depositando unas letras menuditas. Me llamaron mucho la atención y las leí en silencio mientras acariciaba sus sienes blanquecinas con el soplo de la brisa.

"Querido Niño de Belén...

Hace muchos años que me enseñaron que habías nacido en Belén, en un portal de pastores, para venir a traernos la paz y el amor a los hombres. Entonces yo era un niño, como mi nieto, que ahora escribe a los Reyes de Oriente a mi lado.

Yo también les escribí, ya lo sabes, y pedí muchas cosas, desde juguetes en la infancia, hasta ya siendo joven el amor que tú traías contigo para todos nosotros. Luego, con el paso del tiempo, seguí escribiéndote a ti, pero directamente cada Navidad y lo hacía con esa esperanza de que en mi vida apareciera el amor, pero el Amor con mayúsculas, ese amor que tú nos habías prometido, ese amor que yo tanto había buscado por la vida, ese amor que era la fuerza para que siguiera existiendo y viviendo, para intentar un día, cuando fuera, alcanzar esa cima y besar desde la misma los labios del amor.

Pero los años pasaban lentamente, yo creía que mi petición había quedado ya olvidada, que nunca la habías tenido en cuenta, porque sé que todo el mundo, te pide cosas, y no solamente en estas fechas. Sé que tu agenda está muy llena de encargos y que para ti, yo era uno más de los muchos hombres que habitan este planeta y que no podrías atender, porque es prácticamente imposible.

Hace poco ocurrió algo que hizo temblar mi alma y tú fuiste el causante. Recordé una carta que había dirigido unas Navidades y que titulé Carta al Amor, en ella te pedía ese amor soñado, el tantas veces añorado y deseado, ese amor humano y casi utópico e irrealizable y lo pedía de una forma casi desesperada.

Al poco tiempo algo vino a mi encuentro, alguien pasó por mi lado y posó sus alas de mariposa en mi alma haciéndola estremecer. Su ternura, la tibieza de aquel cuerpo sencillo y frágil, la ternura con que me hablaba y escribía, con que me miraba y aquella manera de ser no supe apreciarla ni valorarla hasta que no pasó un tiempo, quizás excesivo y cuando ya esta mariposa iba a volar de mi lado, fue cuando me fijé en ella, cuando la vi de veras en todo su explendor y entonces supe que estaba en verdad enamorado.

Habían pasado otras personas por mi vida de las que creí estar enamorado, había salido con otras chicas, había tenido sueños, había volado con tantas princesas en mi imaginación que ya casi había olvidado que el amor era algo real y no la utopía que leemos en los cuentos infantiles.

Así que me vi caminado con esa persona, compartiendo ese tiempo precioso que tú nos regalabas, mirando sus ojos, escuchando sus palabras, viendo el fondo de su alma a través de sus pupilas y sintiendo muy cerca, los latidos de su corazón que bombeaba la sangre de la pasión, del amor y del deseo por sus venas.

Y a su lado pasé los mejores momentos de mi vida, aquellos que tú me regalaste, aquellos que tú me diste como petición silenciosa a mi carta en aquella Navidad.

Y aquí me encuentro ahora mi Niño de Belén. No, nada voy a pedirte para mi, yo ya tengo todo lo que precisaba, todo lo que anhelaba, todo lo que quería. Tengo al Amor y vivo con el amor que tú me has regalado, para hacer que ese sentimiento siga vivo, esté latente y le busque y le lleve de la mano conmigo a todas partes y que sonría con mi sonrisa y yo con la suya, y que sueñe con mis sueños y yo con los suyos, y que baile en ese mar infinito con ese vals de las olas que tanto nos gusta, bajo la luz de la luna.

Hoy te escribo esta carta para que ayudes a mi nieto Miguel, para que le hagas crecer y ser un hombrecito, para que siga en su inocencia creyendo en los Reyes Magos y para que te vea a ti, a través de ellos, y de ese mensaje de Amor que tú nos has venido a entregar en esta Navidad.

Nada pido para mi, ya que nada necesito. Si acaso que ayudes a todas las personas necesitadas, a todos los que tienen hambre, a los que carecen de un techo, a los que les faltan ropas, a los mendigos, a todas aquellas personas que sufren en estas fechas por diversas culpas... A todos ellos Niño querido ayúdales y dales a beber ese néctar de tu Amor, para que con el mismo puedan sentir en su cuerpo la fuerza para seguir viviendo, para seguir luchando y para seguir creyendo en un mundo más justo, donde impere la razón y la cordura y donde todos, un día, podamos mirarnos a los ojos bajo ese mensaje de Amor que tú, en estas fechas nos envías.

Eso es todo lo que te pido mi Niño de Belén, y también que ayudes en todo lo que necesite y precise al amor de mis amores, a esa linda mariposa que tocó con sus alas mi alma y de la que hiciste que me sintiera enamorado. A ella le dás un beso de mi parte, cuando sueñe, cuando esté dormida, cuando cierre sus ojos y le dices simplemente en su oído que la amo.

Esta es mi carta hoy en esta tarde, casi obligada, ya que mi nieto Miguel ha querido escribir la suya pero siempre que yo escribiera la mía a su lado, en este parque y sintiéndose protegido por mi presencia y conversación.

Como vés nada pido para mi, ya que nada quiero pues tengo lo más importante de mi vida, y tú me lo diste hace tiempo, El Amor.

Javier."


La verdad es que sentí un escalofrío creciente a medida que iba leyendo las letras menuditas que iban saliendo de la mano del anciano. Por mi cabeza pasaban las dos cartas, la del niño y la del anciano. La una pidiendo a Los Reyes de Oriente, la otra escribiendo al Niño de Belén y con sus letras y palabras marché confuso por la grandeza de la vida, de aquellas almas que encerraban aquellos cuerpos y que llevaban tanto dentro de sus corazones.

Cuando estaba lejos, cuando ya había abandonado el parque y me encontraba a miles de kilómetros con los mensajes que había leído dando vueltas y vueltas en mi cabeza, seguía pensando si lo habría soñado, si todo no habría sido fruto de una falsa visión, porque hoy en día no era normal encontrar a dos personas así, un niño y un anciano que sintieran algo tan especial, tan distinto y a la vez con un denominador común.

¿Serían acaso la misma persona y yo estaba ahora confundido?, ¿Habría sido todo un sueño de mi parte y nunca habìan estado ese niño y el anciano en aquel parque?...

No lo sé, ya no lo sabría, pero me iba con esos mensajes, con lo que leí ó creí leer en los mismos, con aquel denominador común llamado amor y aquel pedido que ambos hacían para que la humanidad pudiera tener la paz y el amor en todas sus gentes.

Un niño y un anciano pidiendo lo mismo y con diferentes palabras, cariño y amor. ¡Extraña coincidencia en esta Navidad!

Por eso, desde lo alto, cuando ya casi estaba tocando las estrellas, me volví a la tierra y parando mi vuelo, les mandé un saludo invisible y les dije este mensaje que espero llegara a sus corazones, ¡Feliz Navidad, amigos míos!

Rafael Sánchez Ortega ©
23/12/08

sábado, diciembre 13, 2008

¿CÓMO DECIR GRACIAS SIN EMPLEAR ESTA PALABRA?,

¿Cómo decir gracias sin emplear esta palabra?, ¿cómo poder agradecer tanto, como lo que estoy recibiendo, a través de una palabra no pronunciada?...

Sí, ya sé que es difícil la tarea, diría que imposible. En la vida miramos las cosas y las valoramos en virtud de unos juicios, unos guiones que quizás la sociedad nos marca y unos parámetros que hemos adquirido en nuestra infancia, una cultura que nos enseñaron de pequeños y también, ¡cómo no!, por esa regla de tres, no establecida, de que se debe ser generoso y corresponder siempre a la mano que te dá algo, a la sonrisa que trae felicidad, a los ojos que te miran y te dejan esa chispa de ilusión, a los labios que te cantan esa nana que te duerme, a la persona, que un día se presenta por razones ignoradas y reclama tu presencia, al sentimiento que nace sin saberlo, al corazón que se acelera y que se calma esperando una respuesta.

Quizás no se deba dar nunca las gracias, pero sí se debe ser agradecido, aunque nunca uses esa frase, aunque calles lo que sientas, aunque mandes con los ojos tu mensaje, aunque digas en susurros todo eso que te sale y que te muerdes, aunque quedes en silencio y le mandes esas frases sin palabras.

¡Cuántas cosas nos callamos en el alma!, cuántos besos retenidos, las palabras que se ahogan y no salen por verguenza, los suspiros contenidos con mil sueños y esperanzas, los proyectos y ambiciones de mil cosas y detalles que no tienen importancia.

"...Una vez yo tuve un sueño y soñé junto a la mar, soñaba que yo era un niño y que quería jugar, jugar con las blancas olas y entre las mismas nadar, nadar por los anchos mares y por ellos navegar. Pero soñé con un sueño y tu imagen singular, venías conmigo niña, por la playa a pasear. Y caminamos juntitos, viendo las olas llegar, con su espuma y la blancura al llegar la pleamar. Y en la playa nos paramos, nos pusimos a mirar, yo a tu cara con mis ojos tú a la mía con pesar. Y las olas nos tomaron al llegar la bajamar, nos llevaron a su lecho, nos cantaron su cantar... Una vez yo tuve un sueño..."

Y es cierto que no se debe decir gracias, pero al menos sí sentir ese agradecimiento y transmitirlo de mil maneras diferentes, con detalles que pueden ser imperceptibles, con la presencia invisible, pero constante en el recuerdo, con la mirada de unos ojos que te miran desde lejos, con ese gesto que persigue tu figura y te dice en un susurro que no temas y con tantas cosas que dicen tanto y que a la vez te dejan ese sabor inconfundible de que es posible y vale la pena seguir soñando por un mundo mejor, por unas personas, por ti mismo, por tus sueños y por ese alguien que quizás ha aparecido en tu camino, aunque sólo sea un sueño.

Rafael Sánchez Ortega ©
04/11/08

viernes, noviembre 21, 2008

NO PUEDO...


No puedo abandonar estos momentos sin dejar en la cuartilla, unas letras invisibles. Quizás no formen nunca una palabras, quizás sean trazos que se forman en la mente, quizás se pierdan en rincones, entre viejos papeles olvidados, en pasillos, callejones y en las sombras...

Pero salen las letras una a una, se juntan y se hablan entre ellas, se miran como niñas pequeñitas que no saben qué decirse, cuando llevan tanto en su mensaje, cuando dicen tanto en su silencio, cuando miran a los ojos que las miran, cuando buscan esa mano que las una, las ordene, las disponga y las susurre ese mensaje...

Yo no puedo marcharme sin ver tus ojos aunque sea a través de la cuartilla, adivinando tu figura en el mantel inmaculado de blancura, donde se acurrucan esas letras, donde pugnan y disputan por formar una palabra, ese algo inteligible que te lleve hasta el oído lo que pienso, lo que siento, en un susurro..

Y me quedo con mis letras, escuchando tus latidos que percibo, tu mirada que adivino en la distancia, la sonrisa de tu boca y esas manos adorables que yo beso, en este sueño...

Más las letras revoltosas no se paran, se entrecuzan en un baile sin sentido, forman olas y cadencias con palabras parpadeantes que comienzan y terminan, buscan algo y no lo encuentran, quizás esa expresión del que las dicta, la mano temblorosa de mi pecho que las diga en un susurro, un mensaje sin palabras y sin voces...

Y no puedo marcharme, vida mía, sin decirte que te quiero, sin decirte que te amo, sin mandar este mensaje a las estrellas en la tarde a través del horizonte, sin decir a las sirenas que no canten esos cantos y reclamos pues ya siento tu presencia, en la tarde que ahora acaba...

Y por eso he dado media vuelta, he sacado de mi alma esta cajita de nácar, con sus flores y sus letras, las he puesto en esta mesa y las mismas han cobrado movimiento, tienen formas, han mirado sonrientes a la vida. Le preguntan a mi frente qué te dicen, qué te cuentan y en silencio yo les digo que te escriban lo que pienso, lo que siento y lo lleven a tu lado, en el silencio de esta tarde que ya acaba...

Un suspiro se escapa de mi pecho en esta tarde, un suspiro de estos ojos soñolientos que se cierran, un suspiro y un susurro con un nombre y unas letras, un suspiro que se hace y cobra vida cuando miro la cuartilla y veo unas letras reunidas, una frase, cinco letras y un espacio.

"¡Te amo!".

Rafael Sánchez Ortega ©
15/10/08

viernes, octubre 24, 2008

PASA EL TIEMPO

Pasa el tiempo y corren los segundos en un tic-tac que ignoran los sentidos. Sabemos que la vida continúa, mientras nosotros intercambiamos nuestros cromos; las dulces fantasías de la infancia, los recuerdos de tiempos ya pasados, la anécdota surgida en una noche, aquello que llamó nuestra atención en un momento y retuvimos como queriendo detener ese fragmento, ese pequeño trailer de la vida, para luego compartirlo y llevarlo a otras pupilas y sentidos.

Hablamos y miramos sin descaro. Se miran nuestros ojos a los ojos, se buscan nuestras manos en silencio. Yo miro tu sonrisa de Gioconda, tus ojos tan nerviosos que buscan otros ángulos, inquietos, para tratar de ver en ellos, más allá del infinito. Te veo tan pequeña e indefensa, pero tan llena de vida y esperanza, que al mirarte mis ojos parpadean muchas veces.

Ahora no rehuyo tu mirada, la busco sin pensarlo y veo esas pupilas que me hablan, ese lenguaje mudo de tus ojos, ese latir apresurado de tus sienes, ese dibujo inexpresivo que sale de tus dedos, esa sonrisa ahogada entre tus labios que busca otra sonrisa, ese cigarro que enciendes sin pensarlo y llevas a tu boca y la colilla que queda entre tus dedos humeando. Tu juegas con su filtro y llevas el cigarro hasta tus labios, buscando la calada de su punta, como queriendo hallar las respuestas que guarda el universo.

Pasa el tiempo y de pronto tu voz suena, me dice que si he visto la hora, que si me he dado cuenta de que ya es ese momento en que tenemos que despedirnos, en que ambos cerraremos las ventanas, bajaremos las pestañas de unos ojos invisibles y volveremos a la vida, a una vida quizás que no vivimos ó quizás sí, con todos los defectos y carencias.

Y marchamos a tomar ese café bien calentito, ese cola-cao apetitoso en madrugada y a fundirnos luego en ese sueño entre las sábanas que nos esperan en silencio para darnos ese abrazo con su roce, ese beso con sus hilos, ese tenue escalofrío que esperamos.

Rafael Sánchez Ortega ©
13/10/08

sábado, octubre 11, 2008

LA ISLA





Me gustaría ser la brisa y ser el viento que soplaran en tu frente, en tus sienes y en tus ojos.

Me gustaría acunar a tu cuerpo con mis brazos, cerrar tus ojos sin sueño con un soplo de mis labios y llevarte a ese mundo solitario, a esa isla misteriosa y desconocida, donde nadie habita, donde hay paz, donde el sol nunca se pone.

Y allí, en ese lugar, abandonados, solitarios, quizás nos miraremos a los ojos, frente a frente, a esos ojos y pupilas que tanto se han buscado, que tanto se han mirado en las esquinas, en las calles, en las plazas, en las gentes, para encontrar ese espejo, esa luz, esa paz y ese amor, que tanto ansían.

Y en medio de esa paz y ese silencio nuestras manos recorrerían mil caminos muy nerviosas, se buscarían y unirían en sus dedos para caminar por la playa, para pisar esa arena fina de la isla, para seguir ese camino de flores, que han dejado tus pasos hace un rato hasta la orilla y para mirar al sol que se oculta en ese atardecer que nunca acaba.

Y nuestros ojos se quedarían fijos, mirando el sol dorado que se marcha y no se apaga, aquel mar con arrecifes de corales, aquella escena de postal que tanto embruja y, escuchando ese latido, ese tic-tac de nuestros corazones en ese escenario del tiempo sin medidas, en ese lugar que gritan nuestros sueños, sin fechas, calendarios, sin agendas y sin nombre.

Me gustaría bañarme entre sus aguas, meternos en las mismas, sentir la sal en nuestras carnes el dulce escalofrío de la brisa, el beso de esas aguas cristalinas recorriendo nuestro cuerpo.

Me gustaría estar ausente de la tierra, en esa isla, en tu dulce compañía compartiendo día a día tu sonrisa, despejando tu neblina, descorriendo tantos velos que nos tapan y dejando que ese sol nos acaricie con sus rayos.

Me gustaría hacer posible todo esto y que fuera realidad y no un deseo simplemente, para estar más a tu lado, para verte más de cerca, escuchar tu dulce risa y quererte y amarte para siempre, con el agua, con el viento y con mis besos y tus besos.

Rafael Sánchez Ortega ©
09/10/08