domingo, agosto 20, 2006

VINE A CONTARTE EN LA TARDE

Esta tarde volví a verte. Te habías puesto tus mejores galas para recrear mi vista. Tu agua transparente dejaba ver el fondo con una claridad sorprendente. Había luz en el cielo. El sol brillaba con fuerza y al reflejarse en el mar arrancaba cientos de lucecitas que parpadeaban como estrellas que bajaran de ese cielo para refrescarse en las aguas frescas de esta primavera aún no nacida.

La bahía se mostraba majestuosa con sus barcas fondeadas y dos yates cercanos a la playa que con sus mástiles apuntaban a lo alto mientras tenían sus velas recogidas, esperando ese momento en que los marinos toman de nuevo el timón y los llevan a dar ese recorrido en altamar, buscando el paseo y la pesca.

Seguí caminando por el muro hasta llegar a la playa de las olas. Y allí estaban mis olas, trenzadas con tus cabellos blancos que perezosos se estiraban acercándose lentamente a la orilla. El verde mar se ofrecía a mi vista en la orilla, precisamente allí, en ese sitio donde rompían las olas y el mar azul, mi dulce Mar, allá en el fondo, impresionante e imponente en la tarde con su color azul oscuro, totalmente en calma y solo encrespado por la suave brisa de la tarde.

Y allí en la orilla oí tu voz de nuevo que venía entre el rumor uniforme de esas olas que llegaban. Era un susurro inaudible, una caricia en mi oído y su voz aceleraba mi corazón al sentir la caricia de tus palabras que me preguntaban por mi viaje, por mis montañas, por ese mundo tan cercano y a la vez tan lejano que el mar de mi bahía se podía permitir el lujo de bajar a sus aguas los días de marea alta, en que el sol brilla en lo alto y la nube no existe.

Yo te hablé de esos montes de hayas y robles, del encanto que embruja a los mismos y se desprende en los líquenes que rodean sus troncos y se extienden por sus ramas como si fuera una ropa para cubrirles del duro invierno. Seguí describiéndote esa alfombra dorada que cubre sus caminos en otoño como si estuviera esperando el pie de la Princesa que debiera pisarlo. Te hablé del canto de los pajarillos en esta incipiente primavera y de eso otro canto especial del urogallo que en la distancia buscaba su pareja. Te conté de la ardilla vista subiendo en un árbol y que nos miró pasar indiferente, del rebeco que cruzó el camino alertado por nuestras pisadas, del águila real que planeaba sobre nuestras cabezas...

Te hablé de tantas cosas, mi mar azul, mi dulce Mar, que al final creí que podías haberte quedado dormido y que quizás el rumor de las olas fuera el ronquido de un sueño, producto de una descripción que a ti nada te decía. Volví mi cara y al verte me di cuenta de que no, no estabas dormido, pues esperabas ansioso mis palabras. Que querías siguiera contándote todo aquello que había visto y que tú no podías saber, pues no era tu mar, era otra vida y tú la desconocías.

Y seguí contándote sin prisa todo aquello que había visto, lo que viví. Te hablé de la nieve pisada, de la niebla sufrida que tu bien conoces en tus mares, del frío intenso que hacía en las alturas, de las lagunas formadas con el deshielo, de las cascadas contempladas por las bajadas de esas agua, de los ríos impetuosos. Te hablé de tantas cosas que al final, fui yo el que quedé dormido en la arena de la playa acunado por el rumor de tus olas, por esa voz inconfundible que tanto añoraba y por el calor del sol de la tarde que había acudido celoso a oír como te contaba todo aquello.

Rafael Sánchez Ortega ©
26/04/05

2 comentarios:

Ave Fénix™ dijo...

Sabes... mi bella amiga Blue me recomendo este bello espacio, en el cual lo más bello es tu forma de plasmar tus sentimientos, espero seguir visitandote, un abrazo desde Mexico :)

IGNACIO dijo...

Es desde el mar, o desde donde se divisa donde nuestros pensamientos vuelan, hablan solos, y nos cuentan historias, a veces nuestras propias historias.
Ya te comenté que me agrada tu prosa.