martes, enero 22, 2008

LLEGASTE AL FIN...


Hoy te he visto, con tu traje largo de fiesta que irradiaba colorido, y todos nos quedamos prendados de tu figura. Traías unos colores multicolores donde al verde intenso de tu vestido floreado se unía el azul claro que una fina gasa de niebla ponía sobre tu cabeza. A tu lado destacaba el color burdeos del vestido otoñal aún no pasado de moda que se perfilaba sobre ese cielo azul antes descrito. En el suelo se veían largas alfombras de margaritas, con su color blanco inmaculado, esperando que tus pies rompieran su virginidad y pisaran sus tallos para recibir la humedad y la sabia de la madre naturaleza.

¡Cuánto encanto y cuánta hermosura había en todo ese cuadro que se ofrecía a la vista! Tú estabas allí, habías llegado del largo viaje, podía ver, al fin, tu hermosa cara, podía sentir el latido de tu cuerpo, podía percibir el roce de tu mano en esa brisa que acariciaba mi cara y mis cabellos.

Abajo el río bajaba raudo con su cauce crecido, pero milagrosamente con una pureza cristalina, que hacía que pudiera ver el fondo de sus pozos y los peces que en ellos nadaban. Allí las truchas y salmones convivían bajo la superficie, ajenos a la corriente que arriba llevaba esas aguas río abajo hacia el cauce principal que las llevaría hacia el mar. Desde arriba, en la senda, les veía nadar ó quizás jugar, aunque tal vez estuvieran buscando su comida ó persiguiendo a su pareja, porque las truchas y salmones también se buscan, también procrean y si dejamos volar nuestra imaginación podemos decir que también son capaces de amar a su manera.

Como si la naturaleza se hubiera puesto de acuerdo una cantidad de sonidos procedentes de sus entrañas salían a la superficie formando una sinfonía llena de paz y amor que invitaba a cerrar los ojos y vivir intensamente aquellos instantes. Las cigarras, los grillos y otros muchos pequeños insectos formaban aquella orquesta que amenizaba el ambiente, llevando a los oídos las mejores cadencias y notas naturales que nunca una mano humana hubiera sido capaz de arrancar.

¡Cuánta paz y cuánto amor había en esta tarde!... Y tú estabas allí, en ella, en la tarde, en la naturaleza. Habías venido y contigo, en tu pequeño equipaje de viaje, había retornado todo ese encanto sublime que tantos poetas, músicos y artistas, a lo largo de los tiempos habían tratado de inmortalizar. Pero tú, con tu presencia superabas a todas aquellas obras mortales, que con ser grandiosas y dignas de admiración se quedaban pequeñas ante tu figura y vestido de gala que traías puesto.

¡Sí, hoy te he visto!, te he visto y te he amado con todas las fuerzas de mi alma. Una vez más quedé prendido del color de tus ojos, del encanto de tu figura, del embrujo de tu cuerpo florecido, de la magia que irradiaba el cielo ante tu presencia, del contacto de la brisa de tus labios que ondulaba mi pelo y rozaba mi cara...

Cerré los ojos para poder soñar, para sentir el latido de tu cuerpo y poder fundirme con el mismo en una comunión que me hiciera olvidar donde estaba y que solamente viviera para ti y para ese momento sagrado que a ambos nos unía.

Hoy te he visto y te he amado. Hoy has venido y has llegado hasta mi corazón porque sabías bien que te estaba esperando desde hacía tiempo. Llegaste al fin, aunque con retraso, pero aquí estás otra vez a mi lado...

Llegaste al fin, ¡Primavera de mi alma!

Rafael Sánchez Ortega ©
20/05/05

1 comentario:

Blue dijo...

las fragancias de tu alma, se esparcen por la estancia...Besos
Blue