jueves, septiembre 11, 2008

CARTA DE UN NIÑO A SU ESTRELLA DE CRISTAL


Todo el mundo en estas fechas, cuando se acerca la Navidad, escribe cartas a Santa Claus, Papá Noel ó los Reyes Magos. En su mayoría son cartas en las que todos, mayores y niños, piden cosas materiales, deseos para que se cumplan, si es posible, sentimientos que quisieran recibir y todo aquello que en un momento se les pasa por la cabeza.

Soy muy pequeño aún e ignoro lo que los otros niños piden en estos días. Yo sólo quisiera algo muy sencillo: "Vivir un día el hermoso sueño de la vida" Sí, sé que es algo raro lo que pido. No pido juguetes que llamen mi atención. Tampoco videojuegos, porque no tengo edad para ellos. Así mismo no puedo pedir libros porque no sé leer. En cambio me gustarían otras cosas o detalles que ahora mismo, por ser tan pequeño, no sé si seré capaz de expresar.

Por eso cuando veo a mi mamá pensativa, quisiera para ella una sonrisa que aflorara en su boca y que la risa saliera espontánea y me mirara de esa manera especial con que lo hizo hace tiempo. También desearía que mi papá, cuando llegue a casa, me besara igual que lo hace con mi mamá, pues esos besos nunca podré olvidarlos. De la misma manera quisiera que, cuando tuvieran tiempo jugaran conmigo y no me apartaran cuando voy a pedirles atención, porque estén leyendo el periódico ó atendiendo en la cocina.

Sí, ya sé que a veces puedo ser mañoso, pero eso es por mi edad, no porque quiera separarlos ni hacerles daño. ¡Si yo pudiera hablar y decirles lo mucho que les quiero! ¡Si pudiera unir sus manos y corazones cuando los veo tristes, alejados y sin hablarse durante horas!

Porque en realidad siento su presencia y quiero que estén conmigo, que me presten atención y si es posible que jueguen conmigo, que rían mi risa, que me tomen en sus brazos, que me acunen y me canten una nana mientras duermo. Pero también siento ya, de una manera dolorosa, esos silencios que a veces, y por motivos que desconozco mantienen durante largo rato, esas miradas ausentes a ninguna parte, ese vacío que hace que mi pequeño corazón tiemble a veces y desee no crecer y ser mayor.

La verdad es que aunque ellos no se dan cuenta, porque me ven tan pequeñito, tengo miedo. Sí, empiezo a tener miedo de la vida a que he venido. A esta vida sin sentido, donde se vive al día y donde parece que nada importa más que el presente y la felicidad de la propia persona. Así el otro día, en el parque, me encontré a una niña, pequeñita como yo, y empezamos a jugar y charlar, en esos juegos de niños que los mayores no comprenden y en ese lenguaje misterioso que tenemos y al que ellos afortunadamente no alcanzan a entender.

Así, con nuestros "gere...gere..." nos fuimos diciendo muchas cosas. Esa niña, que ya es mi amiga, estaba también triste. Está un poco malita con algo de indisposición por los dientes que la están saliendo y no para de llorar y sus padres, bueno su papá, la riñe mucho en la noche, porque le oye decir que no puede dormir y que al día siguiente tiene que levantarse a trabajar. Entonces su mamá se levanta de la cama, la toma en brazos y la pasea por la casa para que no llore, mientras se la pasa el dolor.

Y no es justo. Somos pequeños, somos niños aún, pero nos damos cuenta de lo que pasa a nuestro alrededor. No sabemos hablar, quizás tampoco sabemos pensar, pero vemos lo que ocurre en nuestro entorno. Nuestros ojos infantiles captan todo eso y a veces, como cuando esa niña me contaba su caso, un nudo se nos hace en nuestra tripita y deseamos no ser nunca mayores.

Ya sé, que es una utopía y que dejaremos pronto de ser niños. Que pasaremos a ser los trotones que romperemos cosas, los que parlaremos sin parar diciendo mil tonterías bobaliconas tratando de llamar la atención de los mayores para engatusarlos de una manera inocente recibiendo la recompensa de nuestra edad.

Pero ahora somos niños aún. Niños con ojos azules, marrones, verde musgo. Niños de piel fina y que necesitamos mil cuidados. Niños con toda la ternura de la vida fecundada en nuestros seres. Niños que esperamos la caricia, la sonrisa, el gesto ó incluso que alguien tome nuestros deditos y juegue con ellos o que nos alce en sus brazos y nos arrulle cantándonos una canción misteriosa al oído.

Sí, eso es lo que necesitamos ahora, "un poquito de atención", una gran cantidad de cariño y esa solidaridad de las personas que a nuestro alrededor vemos pasar para que podamos entender que la vida tiene un verdadero sentido y que lo que antes te pedía, ese poder "Vivir un día el hermoso sueño de la vida" se convierta desde ahora mismo en una realidad que podamos percibir con nuestros corazones de niños.

Solo eso te pido en esta carta, querida Estrella de Cristal. ¿Acaso es tanto lo que te pide este niño en Navidad? "¡Vivir un día el hermoso sueño de la vida!"

Como verás te mando a ti la carta, pues no conozco a Santa Claus, ni a Papá Noel ni tampoco a los Reyes Magos. Estoy seguro de que tú se la enviarás a quien corresponda, pues alguien me ha dicho que mire el cielo, que sonría a las nubes y trate de atraparlas con mis manitas infantiles. Que busque sobre ellas ese cielo oscuro don tú estás como un faro en la noche, mi linda Estrella de Cristal.

Sé que a tu lado brillan otras estrellas y que ellas se formaron un día, cuando el sol vino a la tierra a traer su esperanza de amor, más cuando vio lo que aquí había, las guerras, los odios, la falsedad y la miseria en los corazones de las personas, lloró lágrimas amargas que se convirtieron en esas "lágrimas de cristal" que rodaron por sus mejillas y se derramaron por la bóveda celeste formando el firmamento de lucecitas que brillan en la noche.

Pero también sé que un día, otro día, en cualquier momento ese sol vendrá de nuevo a la tierra, porque no ha perdido la esperanza de traer el amor para sembrarlo y hacer que su simiente crezca, se desarrolle y fructifique, sobre todo en un sentimiento de cariño y ternura que empiece en los niños pequeños, siga con los niños ya jóvenes y llegue por fin a todos los corazones de las personas que viven en el mundo.

Hasta siempre estrella amiga, te buscaré en el día por encima de la nube blanca y cuando sea mayor subiré a las montañas para admirarte de cerca, en todo tu esplendor y poder hacer entonces, aunque sea en sueños, lo que ahora hago con mis manitas infantiles, que es extender las mismas hacia ese cielo tratando de atraparte.

Rafael Sánchez Ortega ©

16.12.06.

No hay comentarios: