domingo, septiembre 14, 2008

EN LA PLAYA

Aquella tarde salió a pasear y buscó sin darse cuenta la playa cercana. El sol lucía en lo alto y animaba con su presencia a buscar ese paseo y la compañía de las olas cercanas. Se acercó hasta unas rocas de la orilla y buscó un asiento en las mismas, mientras se quedaba mirando el mar.

Pensó que las olas eran una buena compañía y se quedó mirándolas un buen rato. A lo largo de su vida había acudido muchas veces a ese sitio y encontrado en el mismo la compañía, el calor y hasta el cariño instintivo, que no había podido conseguir en otros lugares.

Esa tarde volvía de nuevo, después de mucho tiempo, tanto que ya ni recordaba. Mientras miraba al mar pensaba en momentos y conversaciones del pasado, trocitos de su vida, sueños florecidos y marchitados, viejas ilusiones que volaron y más tarde se diluyeron en el tiempo.

Una vez, alguien le dijo, que de los sueños no se vive, que es como una huída de la realidad y que solo sirven para hacer flotar el alma. Entonces no hizo caso de este comentario. Era joven, estaba lleno de vida e ilusiones, los sueños rondaban su cabeza y vivían dentro de su alma.

Ahora, en esta tarde, cuando llegaba de nuevo a la playa, venía con un nudo en su pecho. Sentía que algo había nacido, algo que no era un sueño y sin embargo no podía liberarse de ese nudo, ni tampoco liberar ese sentimiento nacido.

Hubiera deseado tanto tener el valor suficiente para tomar el teléfono, hacer una llamada o buscar un papel y un bolígrafo y escribir aquello que estaba sintiendo y enviárselo a la persona amada. Y sin embargo allí estaba, junto al mar que tan bien conocía y en aquella roca testigo fiel de su mirada buscando el horizonte de sus sueños.

Las rocas y las olas, sí, ellas fueron en el pasado testigos silenciosos de su vida y ahora volvía a ellas, para buscar su abrigo, escuchar su música en el rumor del mar que llegaba a romper en la orilla y en esas columnas blancas que dejaban flotar en el aire mientras las gaviotas pasaban volando sobre ellas.

A lo lejos cruzaba un navío con su carga y rompía la línea uniforme del horizonte. Se quedó mirándolo y pensó en aquel barco y pensó en su vida. El navío marchaba buscando un puerto, un destino y sin embargo él, estaba allí sobre las rocas, mirando el mar y el infinito y tratando de cubrirse de nuevo con el manto protector de sus sueños.

Si tuviera el valor suficiente de decirle a la persona amada todo lo que sentía por ella, si fuera capaz de romper esas cadenas invisibles que ataban su alma, si en fin, pudiera dar ese paso que hasta ahora nunca había dado en su vida, seguro que navegaría como aquel navío, feliz y con una ruta marcada hacia su puerto.

La sinfonía de las olas al llegar, muriendo mansamente en la playa, le hizo adormecerse un instante. El barco se alejaba en el horizonte y allí quedaba él, sobre la roca de antaño, con un nuevo sueño, con un grito ahogado que moría en su alma y con esa sensación de impotencia ante algo que se escapaba de sus manos, por el simple hecho de no saber extenderlas para ofrecer todo lo que llevaba en su alma.

El mar, su mar, el mar azul aquel que tanto adoraba y cómplice de sus sentimientos ahogaría nuevamente esas lágrimas que ahora bajaban de sus ojos y corrían por sus mejillas. La vida es una continua lucha, un enfrentarse a los momentos de cada día y saber llevarlos y vivirlos dejando a los sueños el papel secundario que deben tener.

"De sueños no se vive..." le dijeron un día. Y tenían razón. Los sueños son algo bonito y hermoso, pero son sólo eso, simplemente sueños. Algo carente de nada, vacío de contenido, como nubes en el cielo, pero con los pies muy lejos de la realidad y la tierra.

Ahora mismo tenía los ojos abiertos y por los mismos, como ventanas, entraban la vida y los sueños. Pero cuando se diera la vuelta, cuando abandonara esa roca y la playa, estaría cerrando nuevamente la ventana de su vida, y con ella la llama de esperanza que hacía que pudiera ver toda esa realidad que tenía delante y que estaba a su disposición con solo abrir la mano.

Recordaba unas palabras escuchadas unas horas antes en las que le decían algo así: "Yo no intento ser objeto de tu sueño... quiero tener tu realidad despierta". También él quería tener esa realidad, sentirla, poder tocarla y saber que todos o parte de sus sueños podía compartirlos con esa persona.

Quizás en esas palabras estaba la clave de todo y no se había dado cuenta. Quizás, en otras muchas cruzadas, estaban también mensajes velados, realidades tangibles, palpables, fuera del mundo de los sueños. Las personas no son sueños. Sólo son sueños aquellas cosas imposibles que se desean, que quizás, en un loco afán de perseguir se escapan de las manos y del alma como suspiros ahogados sin darse cuenta de que ese suspiro obedece a una causa y razón.

Si el pensamiento está pendiente de alguien, si el corazón tiembla al percibir su presencia, si tratas de escuchar esa voz y su timbre llega a tu oído como la música celestial de los ángeles, si ves la sonrisa en la cara amada y ella te trae la alegría y la paz, entonces ¿estás soñando ó vives ya una hermosa realidad?...

No, ¡claro que ella no intentaba ser objeto de su sueño y solo quería tener su realidad despierta!, pero algunos hombres, no muchos, es cierto, en el fondo de su ser, no pueden dejar de soñar, precisamente porque tienen un alma de niños y nunca han dejado de serlo. Y en esa mezcla, en esa dualidad, sueño realidad, se juntan mil fantasías que desean compartir con la persona amada.

Se levantó de las rocas y dejó atrás la playa. La tarde acababa y el sol se ocultaba en el horizonte donde otros navíos cruzaban, a lo lejos, como diferentes personas que van por la vida buscando su puerto. A lo mejor uno de esos barcos era su barco y él estaba en el timón buscando la entrada de la barra y el puerto donde varar definitivamente el casco en la playa del amor y encontrar allí a la persona amada.

Rafael Sánchez Ortega ©
20.09.06

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