miércoles, abril 04, 2012

CERRÓ LOS OJOS EL ABUELO…



Cerró los ojos el abuelo, porque ya era la hora de dormir eternamente. No niego que sentí tan largo sueño y más tras haberme camelado con su historia inverosímil.

Decía, que una vez, cuando era niño le visitaron las sirenas, esos seres que leímos en los cuentos algún día. Contaba mil cosas diferentes relativas a ese encuentro. Decía que las vio venir, jugando en la playa, y que le llamaron para preguntarle cómo se podía subir a las montañas nevadas que se veían a lo lejos. Él les dijo que había que remontar valles y colinas, subir puertos y caminar por senderos, escalar repechos calizos casi inaccesibles y que al final podría abrazar las cimas caprichosas que se dejaban querer en la distancia.

Pero ellas le dijeron que no podían hacer eso, que su condición de ser mitad pez no les dejaba caminar como los hombres y que sentían una gran tristeza porque nunca podrían sentir el beso de la nieve.

Al escuchar esto, el abuelo, se entristeció y deseando hacer realidad su deseo les dijo que cerraran los ojos, que él les hablaría y les contaría una historia y quizás podrían ver y sentir la nieve más cerca.

Ellas aceptaron y se tumbaron en la arena, cerraron sus ojos y apoyaron sus cabezas en una mano, mientras el abuelo comenzaba su relato.

"Había una vez un hermoso rebeco que vivía en las montañas. Saltaba las rocas con una agilidad sorprendente. Era capaz de buscar la comida en los sitios más inaccesibles y también de vigilar si llegaba algún visitante para avisar al resto de la manada y que se pusieran a cubierto.

Su vida era alegre y monótona, siempre condicionada al tiempo reinante y al pasto que pudieran dar las majadas y los valles. Pero llegó un invierno duro en el que primero el agua torrencial se desprendió de los cielos como si tratara de apagar algún incendio en la tierra y luego, vino una ola de frío con cantidad de copitos de nieve, que al principio causaban admiración, en los tiernos ojos de nuestro rebeco, pero que más tarde iban poblando el piso de una gruesa capa de nieve hasta el punto de que los valles y los caminos quedaron ocultos bajo ese color hermoso y cristalino de la nieve.

Nuestro rebeco salía todos los días a intentar buscar comida en ese pasto que estaba oculto bajo un manto blanco y cada vez tenía que bajar más abajo, abandonando las montañas, pasando a los montes bajos, hasta que un día vio una inmensa superficie de agua donde antes sólo existían unos bosques en una marisma. Allí vivían otros rebecos desde hacía mucho tiempo y le tuvieron que convencer que el estuario que estaba contemplando no era un lago ni era agua dulce, sino que se trataba del mar. Le hablaron de los peces, de las playas, le narraron historias de hombres que salían al mar a pescar y también le hablaron de unos seres, que parecía que salían en las playas, a cantar y a bailar y que se llamaban sirenas.

Pero tanto le hablaron de este último episodio que sin darse cuenta, el rebeco montañero se enamoró de las sirenas y pensó en buscar esas playas para ver si en ellas veía a esos seres maravillosos que le habían descrito. Quería hablarles de las montañas, de su vida en aquellas alturas, quería decirles que la nieve había llegado a besarles y ahora les estaba ahogando con su cargo, pero también quería escuchar sus historia, que le hablaran de ellas, que le contaran sus secretos y que le enseñaran ese encanto inigualable de ser mujer y ser pez al mismo tiempo"

No se sabe bien lo que pasó a continuación, pero sí lo que el abuelo contaba y es que el rebeco se quedó dormido, quizás por el cansancio, quizás porque toda la historia de las sirenas era tan maravillosa que deseaba fervientemente soñar con ellas. Lo cierto es que al día siguiente apareció un gran corazón dibujado en la playa y dentro de él las imágenes de un rebeco y una sirena con una flecha atravesados.

Ignoro si esta historia fue real y también si la imaginación del abuelo no fue la que hilvanó este relato, pero a mí me la contó de esta manera, y como tal así la transmito ahora, cuando él se va y me deja, cuando ha cerrado los ojos con un beso de nieve de los cielos y un canto lejano, que llega a su alma, de unas sirenas encantadas, que es posible, le recuerden.

Rafael Sánchez Ortega ©
02/04/12