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miércoles, abril 04, 2012

CERRÓ LOS OJOS EL ABUELO…



Cerró los ojos el abuelo, porque ya era la hora de dormir eternamente. No niego que sentí tan largo sueño y más tras haberme camelado con su historia inverosímil.

Decía, que una vez, cuando era niño le visitaron las sirenas, esos seres que leímos en los cuentos algún día. Contaba mil cosas diferentes relativas a ese encuentro. Decía que las vio venir, jugando en la playa, y que le llamaron para preguntarle cómo se podía subir a las montañas nevadas que se veían a lo lejos. Él les dijo que había que remontar valles y colinas, subir puertos y caminar por senderos, escalar repechos calizos casi inaccesibles y que al final podría abrazar las cimas caprichosas que se dejaban querer en la distancia.

Pero ellas le dijeron que no podían hacer eso, que su condición de ser mitad pez no les dejaba caminar como los hombres y que sentían una gran tristeza porque nunca podrían sentir el beso de la nieve.

Al escuchar esto, el abuelo, se entristeció y deseando hacer realidad su deseo les dijo que cerraran los ojos, que él les hablaría y les contaría una historia y quizás podrían ver y sentir la nieve más cerca.

Ellas aceptaron y se tumbaron en la arena, cerraron sus ojos y apoyaron sus cabezas en una mano, mientras el abuelo comenzaba su relato.

"Había una vez un hermoso rebeco que vivía en las montañas. Saltaba las rocas con una agilidad sorprendente. Era capaz de buscar la comida en los sitios más inaccesibles y también de vigilar si llegaba algún visitante para avisar al resto de la manada y que se pusieran a cubierto.

Su vida era alegre y monótona, siempre condicionada al tiempo reinante y al pasto que pudieran dar las majadas y los valles. Pero llegó un invierno duro en el que primero el agua torrencial se desprendió de los cielos como si tratara de apagar algún incendio en la tierra y luego, vino una ola de frío con cantidad de copitos de nieve, que al principio causaban admiración, en los tiernos ojos de nuestro rebeco, pero que más tarde iban poblando el piso de una gruesa capa de nieve hasta el punto de que los valles y los caminos quedaron ocultos bajo ese color hermoso y cristalino de la nieve.

Nuestro rebeco salía todos los días a intentar buscar comida en ese pasto que estaba oculto bajo un manto blanco y cada vez tenía que bajar más abajo, abandonando las montañas, pasando a los montes bajos, hasta que un día vio una inmensa superficie de agua donde antes sólo existían unos bosques en una marisma. Allí vivían otros rebecos desde hacía mucho tiempo y le tuvieron que convencer que el estuario que estaba contemplando no era un lago ni era agua dulce, sino que se trataba del mar. Le hablaron de los peces, de las playas, le narraron historias de hombres que salían al mar a pescar y también le hablaron de unos seres, que parecía que salían en las playas, a cantar y a bailar y que se llamaban sirenas.

Pero tanto le hablaron de este último episodio que sin darse cuenta, el rebeco montañero se enamoró de las sirenas y pensó en buscar esas playas para ver si en ellas veía a esos seres maravillosos que le habían descrito. Quería hablarles de las montañas, de su vida en aquellas alturas, quería decirles que la nieve había llegado a besarles y ahora les estaba ahogando con su cargo, pero también quería escuchar sus historia, que le hablaran de ellas, que le contaran sus secretos y que le enseñaran ese encanto inigualable de ser mujer y ser pez al mismo tiempo"

No se sabe bien lo que pasó a continuación, pero sí lo que el abuelo contaba y es que el rebeco se quedó dormido, quizás por el cansancio, quizás porque toda la historia de las sirenas era tan maravillosa que deseaba fervientemente soñar con ellas. Lo cierto es que al día siguiente apareció un gran corazón dibujado en la playa y dentro de él las imágenes de un rebeco y una sirena con una flecha atravesados.

Ignoro si esta historia fue real y también si la imaginación del abuelo no fue la que hilvanó este relato, pero a mí me la contó de esta manera, y como tal así la transmito ahora, cuando él se va y me deja, cuando ha cerrado los ojos con un beso de nieve de los cielos y un canto lejano, que llega a su alma, de unas sirenas encantadas, que es posible, le recuerden.

Rafael Sánchez Ortega ©
02/04/12

jueves, marzo 22, 2012

COMO UN VELERO DESARMADO...


Como un velero desarmado y sin velamen navego por los mares de la vida, mi rumbo no lo alientan las personas ni voy tras una estrella por la noche. Navego sobre el mar de las pasiones y los llantos, en medio de las sombras que me ahogan. No hay nadie en esta ruta imaginaria. No hay luces de otros barcos por la borda. Tan sólo es el silencio de los mares con su brisa y el nordeste, los que animan esta marcha hacia la nada, esta eterna singladura hacia el puerto de los sueños.

Tengo grietas en los labios y en el alma por las olas y el salitre, tengo el pecho dolorido de gritar a los remeros invisibles que aceleren su remada, que ese puerto que se añora está muy cerca de sus manos si aprovechan el impulso de los vientos.

Pero miro hacia el velero y lo que veo no me gusta. Hay silencio y soledad en esta nave, hay soberbia y ambición en un piloto que maneja su timón junto al cuaderno de poemas. Y hasta escucho su plegaria a las gaviotas que recogen una lágrima perdida de sus ojos y la llevan a la costa.

Es un hombre enamorado que ha salido a compartir sus ilusiones, es un joven soñador, quizás imberbe, el marino convertido en capitán por esta noche, es el niño que jugaba hasta hace poco en el colegio y leía la cartilla donde estaba aquel poema que decía: "Vive por amor día tras día y búscalo en el mar con alegría..."

Rafael Sánchez Ortega ©
22/03/12

miércoles, marzo 21, 2012

ALGUIEN...


Alguien escribe sobre el mar interior de su alma y remueve la línea de olas que llegan a la playa en cada instante, como letras de un cuaderno de poemas.

Alguien hace bailar a la luna en el mar, en un vals sin orquesta, acompañada solamente del embrujo que dejan las estrellas y su propio reflejo.

Alguien hace que el viento suspire y se pare la brisa y los hombres sonrían, y se duerman los campos bajo un manto de sombras.

Alguien hace que tome la pluma esta noche, que escriba una letra tras otras, que forme palabras seguidas, que piense en su nombre, que trate de ver en sus ojos el bello mensaje de fe y esperanza que buscan los míos.

Alguien hace y deshace los sueños más bellos, los días y noches que uno tras uno transcurren y pasan.

Alguien escribe de esto y no piensa ni siente, porque siente sus dedos buscar a las teclas que pulsan y marcan, que arrancan gemidos al dulce teclado.

Alguien intenta en la noche buscar su pasado y su origen, trazar su destino, romper las tinieblas y hacer que su vida no sea un suspiro.

Rafael Sánchez Ortega ©
21/03/12

domingo, marzo 18, 2012

DETENGAMOS EL TIEMPO.


Detengamos el tiempo y paremos los relojes, busquemos la eternidad en el segundo que vivimos y corramos, si es preciso, para ver las mariposas que se elevan por el cielo impulsadas por la brisa del nordeste. Suspiremos un momento en ese instante, y veamos como en sueños, las estrellas en lo alto que nos hablan y saludan con sus letras infantiles. Escuchemos los susurros de la noche y ese leve parloteo de las olas que se estrellan en la costa y descansan en las playas.

Detengamos los minutos de la vida para hacer que las pasiones continúen en el alma, que se exciten los deseos de la carne y de la sangre al compás de la florida primavera que nos llega y que penetra por las venas.

Detengamos ese tiempo tan precioso y vivamos los segundos lentamente, saboreando los placeres de la vida, los suspiros de los cuerpos, los jadeos de las almas, la explosión de las entrañañas mientras vierten los volcanes las cenizas y la lava de los cuerpos.

Detengamos esos sueños, vida mía, de los hombres y busquemos en los sueños la esperanza de los niños.

Rafael Sánchez Ortega ©
18/03/12

sábado, marzo 10, 2012

ALLÍ ESTABA.


Le miré, como siempre distraído, y allí estaba en su sitio bien plantado. Era el rincón donde acudía con frecuencia, donde mis pasos se estiraban por la grava y el paseo hacia la alfombra verde de la pradera, sorteando los pinos y rodeando el viejo palacio que allí se mostraba y vigilaba mi presencia.

Como siempre sentí un estremecimiento, un algo especial por estar en ese lugar tan auténtico, en pleno corazón de la ciudad que abajo se estiraba y languidecía sin saberlo.

Subí al promontorio para divisar el mar a lo lejos, para escuchar las olas romper contra la costa tan cercana, para sentir el beso del salitre por mi rostro, para saborear el abrazo de la brisa y el nordeste que llegaba de las aguas.

Y pude ver de nuevo al mar, sentir el latido de su corazón desbocado, mirar el azul verde oscuro de s manto que de vez en cuando era roto por las olas que llegaban encadenando unos ciclos misteriosos.

Me quedé un rato mirándolas, como hipnotizado, porque ellas hacían que la mirada se quedara ausente, vagando por el interior del alma y recordando los cabellos rubios de una joven, los morenos del adulto que pasaba con sus prisas y los cabellos entrecanos de la persona madura y casi anciana que había visto atrás, sentada en un banco.

Mil y un pensamientos acudieron a mi cabeza y también infinidad de sentimientos encontrados lucharon en mi corazón por salir a la vida.

Hubiera querido correr sin rumbo definido, gritar al viento las miserias de mi pecho y hablar al mar. Hablarle sin parar y contarle toda mi vida. Mostrarle mis sentimientos, decirle que amaba como nunca había amado a nadie y también confesarle mi cobardía, por ser incapaz de levantar la mirada y buscar los ojos que buscaban los míos y confesar en un acto sencillo y sin palabras, aquel sentimiento que anidaba en mi corazón, y que estaba seguro también anidaba en el de ella.

Pero dejé que las lágrimas resbalaran por mi cara y se perdieran, rodando, hacia la tierra, hasta empapar, cual lluvia fina, aquel lugar donde me habían llevado mis pasos, al borde del mar y junto al acantilado. ¡Tan cerca y tan lejos de la vida!

Y entonces me volví y salí corriendo hacia ti, hacia los brazos que me ofrecías sin pedir nada a cambio, hacia esa oscuridad que aún no había roto la luz con su caricia.

Y también, como la anciana que había visto un poco antes, busqué un banco para llorar allí, para hablarte en silencio, para decirte mis pequeñas cosas y para sentir la caricia de tus ramas.

Porque tú, viejo amigo, allí estabas, como siempre, como el mar un poco más afuera, pero tú me esperabas y el mar me exigía, me llamaba con fuerza, mientras tú solamente me ofrecías tu asiento y tus brazos que tanta paz dejaban en mi alma.

No te olvido, viejo parque, ni tampoco olvido aquel momento en que una mano se posó en mi hombro y una voz llegó a mis oídos preguntándome:

-¿Te pasa algo?

Y fuiste tú, precisamente, quien me ofreció aquellos ojos verdes y azulados, aquella mirada dulce y tierna que venía hasta mi lado para ver por qué lloraba, y al mirar aquellos ojos y leer en ellos el mensaje tierno de tu alma, solo pude responder con un:

-No, gracias, no pasa nada. Ahora ya todo está bien.

Rafael Sánchez Ortega ©
04/03/12

jueves, diciembre 01, 2011

EL DILEMA.



Usufructo se quedó pensativo mientras contemplaba el verdeazul del cantábrico. Las olas llegaban sinuosas y sensuales, como sus pensamientos, y se estiraban en un abrazo interminable por la arena de la playa, tratando de absorberla.

Pero Usufructo se debatía en un dilema, iba a ser padre y debía encontrar el nombre para su hijo. Un nombre que no le marcara ni condicionara, como había pasado con el suyo, ya que en su niñez tuvo que soportar las risas de los compañeros en el colegio y luego más tarde, en la mili, cada vez que llamaban a lista, la sonrisa picaresca del sargento.

En realidad había nacido en un pueblecito asturiano llamado Campo de la Iglesia, porque sus padres, oriundos de la provincia de Sevilla, tuvieron que hacer la ruta inversa de los jándalos y subir a la cornisa cantábrica a buscar el pan y el sustento.

Su padre se llamaba Torcuato Iglesia Torcida y sus raíces procedían de La Campana. Su madre tenía por nombre Dolores Campo Sordo y precisamente descendía de otro pueblecito sevillano llamado Cabeza del Sordo.

Cuando conoció a su esposa en un pueblecito de Tembleque, en la provincia de Toledo, no pensaba en estas cosas, ya que aparte de los primeros rubores de la infancia con su nombre, nada hacía presagiar el gran trauma que con el tiempo el mismo le podía causar. En realidad se enamoró de Ana estando en la mili y acudiendo a una romería. Fue el suyo un amor a primera vista y el flechazo de Cupido fue rápido. Pero de la misma forma, cuando días más tarde, ella le dijo sus apellidos él sintió como remordimientos de conciencia y su alma se debatió deshojando la margarita sobre la decisión a tomar. Los apellidos de Ana eran Púlpito Salido, con lo que el conjunto de su nombre, Usufructo Iglesia Campo, sumado al de Ana Púlpito Salido sonaba un poco extraño, ó al menos eso le parecía a él.

Pero con ser preocupante todo esto, ahora debía enfrentarse a su futura paternidad y a ese buscar un nombre apropiado, masculino y femenino, para la criatura que estaba a punto de nacer y ver la luz, precisamente aquí, en el norte de España y no en la tierra de su esposa, ya que aunque se conocieron en Tembleque, Ana descendía de un pueblecito burgalés llamado Tinieblas de la Sierra y sus padres se llamaban Abundio Púlpito Oscuro y Presentación Salido del Pozo.

Difícil situación la de Usufructo ya que debía de enfrentarse a un cruce de apellidos para la criatura en el que los cuatro apellido que llevaría su hijo serían Iglesias Púlpito y Campo Salido.

¿Cómo llamarle entonces?... Jesús, María, Ignacio, Rosario, Roberto, Anacleta... Los nombres danzaban sin cesar en su cabeza y ninguno le convencía, porque además quería llegar a la pila del bautismo con un nombre que fuera digno y de una clara trayectoria.

De pronto recordó el nombre de su maestro y se le encendió una luz exterior, porque ese nombre sí que era de prestigio, al menos así lo veía él, ya que recordaba si figura señorial y siempre vestido con su traje lustroso y la corbata bien puesta, paseando por la ribera del Guadalquivir, con un bastón en la mano. Pero también le vino a la cabeza el nombre de la hija de los marqueses propietarios y dueños de las tierras que ellos cultivaban en aquel tiempo en Andalucía.

¡Sí, ese nombre le pondría!, ya que el mismo valía para un chico que para una chica y él lo había podido comprobar en su maestro y en la hija de los marqueses.

Se levantó de un salto y corrió hacia la Villa. Ahora sí que le podía mirar a los ojos a su esposa, porque Buenaventura, que ese era el nombre elegido, le podían poner sin miedo a la criatura que aún estaba en el vientre de su madre y ajena a estos tejemanejes de sus mayores, ó para ser más precisos de su padre, Don Usufructo Iglesias Campo, esposo de Doña Ana Púlpito Salido.

Usufructo entró en casa muy sofocado y sudando por la carrera

-¡Ana, Ana...! Ya encontré un nombre para nuestro hijo. No importa que nuestro hijo sea niño ó niña, se llamará Buenaventura. ¡Sí!, Buenaventura de la Iglesia y Púlpito, ¿te gusta el nombre?

Rafael Sánchez Ortega ©
28/11/11


jueves, noviembre 17, 2011

¿IMPORTA EL TIEMPO...?


¿Importa el tiempo...? Creo que no, que el tiempo no importa en el mundo de los sueños y más en esa edad en que la juventud y los sueños van unidos y de la mano, porque ambos son inseparables.

¡Hermosos sueños y hermosos años!... Quizás mucha de mi nostalgia ó de mi "incoherencia" esté también motivada en ese tiempo que "adrede" paré en el reloj de la vida y al que alcé para retirarlo de la circulación y ponerlo en una hornacina, tal es así, que hoy no sé donde empieza aquella parte del sueño y dónde la realidad que viví, pero creo que aquellos momentos fueron verdaderamente hermosos y que el sentimiento que perseguía aquella juventud era algo muy bonito e irrepetible.

Quizás por eso de una "incoherencia" pasé a una "locura ó demencia" y más al entrar en la fase poética. Pero bueno, suelo llevarlo bien y trato de disimularlo un poco. También los años tuvieron su parte en esta situación actual y los vaivenes de la vida y tantas y tantas cosas, que como ciudadano de este lugar llamado mundo tengo que soportar, como todos, y asumir.

En cuanto al amor yo entiendo a los que aman, porque también he buscado siempre ese sentimiento y puede que aún lo siga buscando a pesar de todo lo que tengo. Porque el amor, el verdadero amor, nunca se tiene ni se posee. El amor es libre como el viento y nosotros, las personas sensibles, necesitamos que así sea, necesitamos salir y buscar cada día ese soplo de aire libre, esa nube que pasa, esa rosa encendida que nos llama, ese perrito que ladra en la calle, al niño que juega en la plaza, al anciano que busca el sol en el parque y a esa pequeña cosa que nos llama la atención de aquel ó aquella persona que se cruza en nuestro camino y que hace latir más deprisa nuestro corazón.

No sé si amar en corto es bueno y si en realidad debe amarse en largo, pero a todos nos pasa y muchas veces lo hacemos así, sin pensar, esperando una respuesta que nunca llega, esperando una sonrisa que no se produce,esperando una palabra que no sale de unos labios, esperando unas letras que no vienen, esperando... Tantas cosas que, quizás, ¡simplemente son sueños...!

Rafael Sánchez Ortega ©
17/11/11

jueves, octubre 20, 2011

BAJAMAR HACIA LAS OLAS.


Amanece y sopla una ligera brisa que da forma a la vida y a las aguas. Unos ojos soñolientos se abren surgiendo de la inmensidad de una noche gestada hacia un día que ahora comienza. Las olas rizadas, temblorosas, apenas palpitan, aunque poco a poco van latiendo con más pulso y estirando sus cabellos plateados. La sangre caliente palpita alterada y grita pidiendo ese trozo de vida que comienza, esos minutos incipientes en que la marea sube hacia los acantilados en ese camino invisible de un tiempo que comienza.

Es preciso esperar y sentir intensamente esos latidos de la mar que llega hasta nosotros, ayudada por el viento de los mares, que la empuja a la ribera y a la playa. Es un lento recorrido sin descanso con los cuerpos que se estiran y que crecen, en un lento amanecer irreversible que comienza.

Poco a poco la marea va subiendo y hasta cubre con sus aguas el desnudo de la playa. Son minutos que se pasan mientras vemos la corriente cómo empuja, como sube por la ría, como avanza sin descanso mientras cambia el panorama y los colores, que se vuelven ahora azules, como el cielo. A su vez otra marea se desliza y cobra vida, va pulsando y penetrando los rincones de las almas. Una rosa se despierta temblorosa y suplicante y una mano la recoge y la lleva hacia unos labios con un beso.

Es curioso, que en apenas unas horas, nuestras aguas han llenado la bahía y una dulce melodía ya se extienda por el aire. Unas barcas están quietas y se duermen con el suave bamboleo de la brisa y el nordeste. Otra dulce pleamar también se extiende por los cuerpos, mientras sudan y trabajan, mientras lloran y sonríen, mientras aman y suspiran esperando la palabra y la respuesta que no llega.

Y de pronto aquella magia se evapora en un instante, pues comienza ya el reflujo de las aguas en su vuelta hacia los mares. Ahora cobra más sentido la salida impetuosa, el descenso hacia la barra, el vagar por los andenes de autobuses y de trenes intentando asir su estribo. Pasa el tiempo y se vacía el estuario y de nuevo las arenas de la playa se despiertan desnudadas y mojadas. Yo percibo el bajamar que se avecina y que me arrolla, que me abraza impetuoso y deshoja esas ramas tan doradas que cubrían a mi pecho.

Cuando miro a la bahía ya es muy tarde. Han pasado muchas horas, casi doce, con el flujo y el reflujo, con subidas, pleamares y bajadas de marea. Cuando miro a mi pasado veo huellas muy cercanas que se pierden en el tiempo, que se mezclan con recuerdos y con sueños. Es la corta bajamar de los otoños con sus días que decrecen y que llegan con la sombra de la nube y de la noche que se acerca.

Es entonces cuando veo y cuando siento la figura que se marcha por los mares, la que lleva en sus oídos mis palabras, la que vino hasta mi lado a leer en mi mirada, la que dijo en un susurro que me amaba, la que hizo que sintiera ese latido y ese amor que me desborda y que marcha en bajamar hacia las olas sin retorno.

Rafael Sánchez Ortega ©
17/10/11

jueves, septiembre 08, 2011

UN PÁJARO TORDO...


1 (Uno)

Hoy un pájaro tordo ha emprendido el vuelo de nuevo. Pasó cerca de mi lado y me quedé mirándolo. Pero dobló la esquina y no volví a verlo. Alguien me dijo que "así algunos pájaros tordos ganan la eternidad, gracias a un poema".

Es posible que así sea, ni siquiera me he parado a pensarlo. Si acaso he pensado en ese pájaro tordo que llegó y siguió su vuelo, que pasó a mi lado en un instante y dejó esa huella invisible, que más tarde llevé al cuaderno.

He pensado en su libertad, en su vuelo. Quizás como el del pensamiento del poeta, que enfrascado en su labor cotidiana, trabaja de una forma mecánica, mientras los últimos rayos del sol penetran por la ventana.

En la mesa cercana se acumulan los papeles de un proyecto y alrededor de ella están varios compañeros discutiendo los pormenores del mismo. Nuestro hombre piensa en el pájaro tordo que ha visto llegar, a la vez que mira a la blusa de la compañera que tiene a su izquierda.

Es una blusa blanca con varios botones desatados que refrescan unos senos sugerentes que se adivinan tras la tela. Él mira disimuladamente en esa dirección y luego eleva la mirada a la ventana donde el cielo azul acoge a ese sol que ya se despide.

Pienso que quisiera volar como aquel pájaro tordo, que quisiera soñar como el poeta y buscar con la vista aquel seno palpitante, para sentir la respuesta de su cuerpo, para sentir la campana de su alma, para sentir la sangre nuevamente, correr y desbordarse por las venas como antaño.

Por eso hoy digo que "hoy un pájaro tordo ha emprendido el vuelo de nuevo", que ha pasado por mi lado y le he seguido con la vista en un vano intento por retenerlo, por detener el tiempo simplemente, por soñar con un atardecer, con un seno palpitando en un escote, y con unos dedos que buscaban a mis labios temblorosos.

Rafael Sánchez Ortega ©
06/09/11

jueves, julio 28, 2011

HAGO UN ALTO EN MI SOLEDAD...


Hago un alto en mi soledad y me vuelvo a ti, Ciudad Recuerdo. Me pongo a escribir estas letras, ya que en ellas quiero darte los buenos días, desearte una feliz jornada y que el día ilumine tu cara con una sonrisa amplia y sincera en tus labios.

Pero hoy hago un paréntesis y no quiero seguir el rumor del pasado y sí buscar la copa del néctar entre los jardines de la vida. También quiero pasear, hablar, compartir, amar lo que me rodea, así como a sus gentes y a las pequeñas cosas en las que los demás mortales no se fijan, ya que ese es quizás nuestro objetivo como poetas. Reflejar en el cuaderno las imágenes, como hacen los pintores, pero dándo ese tono y calor especial y diferente en las letras que las diferencie del pincel y la paleta. Hablar de todo y escuchar el silencio. Hablar con todos y escuchar los susurros de los corazones. Hablar con las piedras, con el agua, con el fuego, con la nieve... Hablar contigo, Ciudad Recuerdo, en un monólogo sin pies ni cabeza, pero hacerlo de una manera serena y firme, buscando en los cruces de palabras los pasos del baile inacabado, aquel que quizás nunca iniciamos o aquel otro que un día soñamos y en el que seguimos los primeros compases, mientras a nuestro alrededor se encendían las luces y candilejas del alma, para acabar con aquellos fuegos de artificio que nos hacían cerrar los ojos y lanzar un suspiro.

¡Reir, soñar, amar...! ¡Bendita soledad que ahora descubro!, ¿por qué has estado oculta tanto tiempo?, ¿por qué no me dejaste compartirte?, ¿por qué te me escondías en los mares y fundías con los vientos del nordeste?...

Es posible que te viera allí, en un rincón del tiempo, tan sagrado, en esa Ciudad Recuerdo que no olvido, en ese mundo imaginario donde viven los poetas y en ese soliloquio de rumores y de espuma con el sístole y el diástole continuo que renuevan nuestra sangre. Es posible que allí fuera donde un día se cerraron las ventanas de las casas y también donde los juglares condenaran a los libros en la hoguera. Es posible que allí nacieran la ignorancia, el recelo y la nostalgia, en las calles olvidadas por las gentes, entre ortigas y desechos de basuras. ¡Es posible...!

Pero ahora te recojo nuevamente y te rescato de las garras de la vil indiferencia, te hago mía y te acaricio. Yo te hablo como se hablan los amantes y te cuento mis historias del pasado y del presente y hasta hago que mis sueños se adormezcan en tus brazos y en tu seno, para luego acariciarte con mi voz engatusada, que te envuelva, que te llene, que te arranque mil suspiros y te diga que "adelante soledad, no tengas miedo, no le temas al pasado ni al presente y comparte la solera del futuro y de tu alma, allí está lo que tú quieres y tú anhelas, allí está la mariposa de colores esperando que la llames, que la busques, que la mires y la atiendas, allí está la golondrina del otoño con su vuelo multiforme, deseando que la esperes en su vuelo, allí está la margarita floreciente que ha surgido en primavera, allí están las iniciales con tu nombre que musitan y murmuran unos labios en sus sueños..."

Y si fue así, que allí te vi y allí te busco ahora nuevamente, en ese lugar tan lindo y tan hermoso de la vida, y en ese altar de la colina; en la Ciudad Recuerdo que ahora yo pretendo rescatar para detener y emborracharme de ese tiempo y arañar cada minuto de la vida, paladeando los segundos que transcurran y sintiendo la caricia de la brisa, con tus manos en mis manos, con tus labios en mis labios, con mis dedos percibiendo los latidos de tu pecho, con mi alma suspirando y recibiendo las caricias y el perfume de tu alma...

Ya quiero dejar atrás el tiempo y la nostalgia, quiero reir contigo y caminar sin prisas junto al lago de los cisnes para acudir de nuevo a buscar la rosa roja, inmaculada, que plasmó nuestros destinos, que llevamos en el alma tanto tiempo y que un día alguien intentó quitarnos, confundirnos y hasta hacer que nos perdiéramos en medio de la jungla y laberinto de la vida y las pasiones..."

Rafael Sánchez Ortega ©
27/07/11

lunes, junio 27, 2011

DÍA DE MARCHA...


El día era veraniego y caluroso, diría que muy caluroso y sofocante. El aire brillaba por su ausencia y el calor se acumulaba a medida que avanzaba la mañana.

Yo tenía que avanzar por el camino, subir las cuestas que llevaban a la ermita, sortear los escobales y los brezos, luchar contra sus ramas inclementes y buscar, cuando podía, la sombra generosa que ofrecían los arbustos.

En un momento dado me dije que no podía más, que era inútil proseguir,que nada se me había perdido en esta marcha y que lo mejor era recuperarme y retroceder por donde había venido y así lo hice. Mesenté al borde del camino, en una cuneta, al abrigo de una sombra y tras refrescar mi cabeza con el agua de un arroyo allí estuve un largo rato mientras los compañeros proseguían su marcha y les veía alejarse en aquella larga cuesta e interminable que recibía los rayos del sol en el suplicio de la mañana.

Al cabo de un rato me encontré mejor y miré varias veces hacia arriba, para ver las figuras de los compañeros que cada vez se alejaban más de donde yo estaba. Al final una voz resonó en mi interior, una voz que me decía que por qué me iba a quedar y tirar la toalla tan pronto, que podía intentar subir un poco más, por lo menos hasta el cruce, allí había sombra y podía nuevamente descansar.

Sin meditarlo bien me incorporé y tomando la mochila reanudé el camino polvoriento y recibí los rayos inclementes de los cielos. Mi paso ahora era más lento, trataba de no cansar mis piernas ni tampoco forzar mis pulmones ya que el aire que respiraba era tan caliente que ahogaba los pulmones.

Me paré varias veces en la subida buscando la sombra de los árboles y arbustos, me paré también para refrescar mi cabeza y mojar el sombrero y el pañuelo con que me cubría, me paré para buscar ese soplo de aire fresco que no había, me paré para buscarte a ti, en la inmensidad de aquel cielo azul que se extendía ante mi vista.

...Y tras luchar intensamente contra todo y contra las condiciones del día, y también tras luchar contra mi desgana para seguir avanzando, llegué a la última collada, la que daba vista y referencia a la Ermita de la Luz. Como pude llegué hasta ella y en uno de sus laterales busqué la fresca sombra y me tumbé en la yerba, cerré los ojos y te abracé en mis sueños...

Rafael Sánchez Ortega ©
27/06/11

jueves, junio 23, 2011

LLUVIA PARA TI, CIUDAD RECUERDO...


Lluvia fina y muy constante, la del norte, que llega en un abrazo interminable hasta nosotros.

Lluvia que viene con la niebla y con la bruma, impulsada por la brisa y el nordeste, con recuerdos y saudades de momentos ya vividos.

Lluvia que se ansía y se desea por las almas intranquilas de los hombres.

Lluvia interminable y juguetona que recorre con lujuria el paraíso de las caras y los cuerpos que susurran y suspiran.

Lluvia para ti, Ciudad Recuerdo, con el yodo y el salitre de estos mares, con la arena de sus playas, con los besos de las olas, con el roce sigiloso de las algas y sirenas...

Lluvia apetecible por los labios temblorosos que suplican esas gotas y ese beso en la sed de su agonía.

Lluvia recibida y aclamada por la tierra, en un principio, aunque luego se diluya por los campos y los montes para ir hacia los ríos y los mares.

Lluvia de terrazas y de gentes, de tertulias de mayores y de niños persiguiendo sus barquitos por el parque.

Lluvia de terrazas y jardines que viene hasta los bosques de las hadas donde crecen nuestros robles, las encinas y las hayas.

Lluvia de la eterna fantasía que rodea a los poetas y los dice que adelante, que la vida continúa y no importan esas gotas recibidas, ni tampoco el caminar con el miedo en las entrañas.

Lluvia para que duermas en tu lecho de cristal, en un profundo sueño, escuchando ese sonido dulce y silencioso que emiten las estrellas en su llanto.

...Lluvia de poetas que nacieron en mi tierra y que viven en los cielos y nos mandan con la lluvia tantos versos centenarios, para que los bebas y te embriagues con su néctar.

...Lluvia para ti, Ciudad Recuerdo...

Rafael Sánchez Ortega ©
23/06/11

jueves, junio 16, 2011

EROS


En medio de la fiebre y el delirio sintió la calentura renacida y el fuego del volcán en la entrepierna llegando de manera muy distinta. La lava del volcán era constante, surgía de la tierra que no grita, el hambre que tenía la entrepierna buscaba la lujuria más arriba.

Hay seres que se enfangan en el barro y hay otros que se ensucian la barbilla, los unos por la lluvia y el trabajo, los otros confundiendo margaritas. No es malo que los hombres se confundan, si acaso que se cambien la camisa y cubran los sudores tan culpables, de fiestas, bacanales y de orgías.

Me viene a la memoria una figura marchando a Salamanca en una cita, llevaba en su cabeza cascabeles sonando en una eterna algarabía. Llegaba a la estación toda nerviosa, buscaba en el andén y nadie había, miraba en las paradas de los taxis tratando de encontrar la cara amiga.

Más todo transcurrió de otra manera y un auto con las luces Encendidas, detuvo su camino dulcemente y entonces se encontró con quien quería. Sobraron las palabras y las frases, tan solo las miradas encendidas, surgieron los abrazos y los besos en medio de la noche salmantina.

Narrar aquel momento no es sencillo pues todo transcurrió con mucha prisa, marcharon en el coche hasta la estancia de un camping con su bella cabañita. Y allí se desataron las pasiones, brotando las cenizas renacidas, que hizo que los cuerpos se buscaran y ansiaran el llegar a la colina.

Los dedos desataron los botones, cayeron cremalleras ya vencidas, los senos se escaparon de la blusa gimiendo como hermosas margaritas. De nuevo sucedió lo que tu piensas, lector y espectador de pacotilla, que el hombre y la mujer allí se amaron, y fueron más felices todavía.

Si buscas la emoción del erotismo yo creo que la misma está en la vida, está en la sensación y está en el alma, está en cada persona que lo grita. Se puede disfrutar del erotismo haciendo lo que haces cada día, mirando a las estrellas en la noche y oyendo a la marea en su venida.

Oliendo los perfumes y fragancias que emiten azaleas con la brisa, sorbiendo el paladeo de un refresco y el tacto de la nieve blanquecina. Pues a eso se reduce el erotismo a ser la descripción que nos invita, a ser ese torrente desbocado que llega hasta las alma intranquilas.

No sólo en la pasión está el misterio, tampoco en la lujuria que te excita, se puede describir el erotismo de formas muy sutiles y distintas. Si quieres erotismo y porno duro recurre sin dudar a la lascivia, seguro que allí encuentras lo que quieres, burdeles y hasta tiendas de películas.

Pero insisto, en que si eres exigente, si buscas erotismo de primicia, entonces ya no busques la lujuria y mira simplemente más arriba. El cielo está parado de hace tiempo y espera para darte sus caricias, en él encontrarás eso que buscas, y puede que el Amor venga a tu cita.

...No olvides Salamanca para nada, ni olvides la figura tan querida, pero eso quedará como un recuerdo, grabado con su estampa en tu retina...

Rafael Sánchez Ortega ©
15/06/11

domingo, junio 12, 2011

ATARDECER...


Se disuelve la tarde lentamente entre las densas brumas de la noche. Un silencio irreverente comienza y se apodera de las calles. Un silencio que rompe el sonido de los coches, las pisadas de los paseantes presurosos, el canto de los pajarillos en el parque y el rumor lejano de la mar, en la bocana de la barra.

Es un atardecer en una primavera. Es un atardecer en soledad mirando al cielo que se apaga. Es un atardecer del alma despidiendo la marea de la vida.

Atrás quedaba el día azul, de contenido intenso. Un día en que el calor vino y dejó su abrazo precursor de este verano ya cercano.

Las almas suspiraron un momento sintiendo ese calor y el dulce abrazo de los rayos que dejaban su caricia. Parecía que las manos de un amante dibujara por el cuerpo sensaciones muy diversas.

Susurros de los cielos que venían en los rayos. Susurros de las flores cimbreadas por la brisa. Susurros de las aves que volaban en la eterna primavera. Susurros de los hombres y mujeres que pasaban caminando hacia la iglesia y el castillo. Susurros de los barcos que mecidos por las olas descansaban en las aguas de la villa.

Y allí estaba él, el niño incombustible con sus versos. El testigo de la vida que pasaba por su lado, anotando los detalles en su mente y su cuaderno. El hombre soñador que no descansa por el día, y por la noche a a la cama con sus sueños de poeta.

Y ahora aquí volvía a estar de nuevo, en este atardecer que ya languidecía, cuando las sombras se estiraban en un abrazo largo y silencioso, cubriendo de tinieblas a los hombres.

Aquí seguía el hombre y el poeta, el niño soñador de tantas gestas y relatos, el niño y el eterno enamorado de la vida y de sus gentes. Y estaba sí, sensible y arrogante ante la tarde que escapaba y se dormía entre los brazos de la noche. Estaba contemplando esta simbiosis, este beso interminable que duraba más que nunca.

...Un leve parpadeo de sus ojos le hizo despertarse. Volvió a la realidad el niño, y el hombre, estremecido, tomó la pluma y el tintero. Debía de escribir, debía de narrar, debía de contar todos los sueños de aquel día. Debía de enlazar, entre sus versos, las dulces melodías de la tarde, las luces que brillaron en sus ojos, la eterna melodía de la brisa, el beso y el abrazo del nordeste...

Debía... ¡Sí, debía amar, y hablar de amor en esas letras!

Rafael Sánchez Ortega ©
11/06/11

sábado, abril 16, 2011

EL MAR PROFUNDO ME ESPERABA...


El mar profundo me esperaba con sus brazos abiertos, sus enormes llanuras rizadas de olas, sus inmensos paisajes azules y verdes, sus ocasos sublimes que no tienen nombre.



Más también me esperaba ese mar tenebroso con su oscuro misterio, con sus grandes silencios, con legión de aventuras sin nombre que yace en su fondo, con los barcos surcando la historia, con los pecios perdidos en playas lejanas, con sus algas y peces, con los bellos corales, con las lindas sirenas portada de cuentos.



...Y allí fui, hasta él, con el miedo en el cuerpo. Yo era solo un muchacho novato, aprendiz de marino por parte de padre, jornalero incipiente que cambia la escuela por yodo y por remos. Acudí como el niño que busca esa mano invisible en las aguas, ese rostro divino que muestran los sueños, esa nota que cantan los mares, que suben y bajan, que arrastran navíos, que duermen y callan.



Yo bebí el salitre marino y sentí lo que sabe el sudor de la pesca, lo que cuesta remar al oeste, lo difícil que es capturar unos peces, lo insensato del hombre al luchar con el viento y galerna, lo que duelen las manos y espalda, lo que quema ese viento llamado nordeste.



Y sé bien todo esto que ahora recuerdo mientras pienso en el parque, mientras miro hacia el mar que se estrella en la costa, mientras veo volar las gaviotas y también a los barcos que pasan y van hacia el puerto.



Yo he vivido ese tiempo pasado, ese tiempo de gloria, juventud y pasión se juntaban y yo las quería. Abrazaba su nombre, peleaba por ellas, las sentía muy cerca, muy juntas. Y allí vi y conocí a ese mar de mi costa, a ese mar en que pienso, a ese mar en que duermen mis sueños dorados.



Ahora es tarde, lo sé, y me estremezco. Ha llegado la hora y la casa me espera. Me espera la cena y la cama, la eterna tertulia de sombras sin prisas, de paz y silencio, de eternos latidos del mar, que a lo lejos, escuche que grita, que salta en la barra, que gime y susurra, que ama y que odia, que ríe y que llora, que sueña y se duerme...



Rafael Sánchez Ortega ©
16/04/11

domingo, marzo 20, 2011

LA MÚSICA DE VALS...


Hacía tiempo, mucho ya, que no escuchaba esta música. De pronto he sentido que los violines me llevaban y empujaban en ese vals contínuo a través de las olas y a través del espacio hasta tu lado. Cerré los ojos y me dejé llevar por esos brazos invisibles que me tomaban y guiaban en esa danza donde los pies y los cuerpos giraban sin cesar.Allí estabas tú y la música, nuestra música tantas veces escuchada en el silencio de la noche, mientras las olas llegaban a la playa y las veíamos deslizarse con ese suave rumor hasta venir a mojar nuestros pies descalzos.

Era el vals que una noche descubrimos mirando el horizonte y paseando bajo la luz de la luna. Tenía esa mezcla inconfudible del olor al salitre y a las algas y con él el rumor constante de la resaca al llegar con las olas. Por encima de ellas creíamos ver a las gaviotas, con su vuelo sosegado y cadencioso, en ese baile de sus alas como siguiendo también la música del mar y de la brisa, mientras buscaban entre ellas esa pieza de pescado para llevar a su nido en la costa.

Pero la música estaba aquí y yo estaba ahora solo en la playa aquella. En esa playa tantas veces visitada y añorada donde quedaron enterrados tantos recuerdos y tantas horas de un pasado no lejano. Sí, allí estaba yo, con el vals, nuestro vals, que salía de las notas del piano y de las cuerdas de los violines que dejaban su nota y su lamento.

Yo seguía con los ojos cerrados y no quería abrirlos porque había retrocedido a ese instante del pasado en el que tomé tu cuerpo entre mis brazos y tras mirar a las estrellas, desde el fondo de tus pupilas, besé tus labios y acaricié tus cabellos, para a continuación, sentir a tu cuerpo estremecerse, a tu pecho latir acelerado y también para escuchar un suspiro que venía hasta tus labios.

...El baile continuaba y seguía en esos pasos lentos y precisos, pero llevándome a ese mundo de los sueños, donde estábamos juntos, con mis manos en tu cintura y embriagándome del placer y de la dicha de ese instante maravilloso que no quería terminara, porque aquel sueño debía ser eterno y no apagarse nunca.

Recuerdo como el agua llegaba hasta nosotros, como las olas nos iban cubriendo más y más, y como nos fuimos despojando de nuestros vestidos, hasta quedar completamente desnudos, frente a frente, para amarnos y compartir la pasión y el cariño con la música del vals que nacía de las olas que llegaban a dormir hasta la playa.

Sí, hacía tiempo que no escuchaba esta música, y hoy, esta noche la he vuelto a escuchar y el tiempo se ha detenido para que yo saboreara aquel recuerdo inolvidable.

Rafael Sánchez Ortega ©
20/03/11

jueves, marzo 10, 2011

MÁS SOBRE EL JARDÍN DE LAS ROSAS...


Querida " "...

Ayer vine y escribí un relato en estas páginas, dejé en ellas el recuerdo de un tiempo ya lejano, aquel instante de una tarde transcurrida en que todo cambió, para nosotros, y en que hubo un antes y un después como decía.

No trato de volver sobre ese escrito, porque en el mismo está todo relatado. Si acaso vuelvo es para recordar aquella persona, la que llenó tantos minutos de mi vida, la que compartió mis sueños en una juventud incipiente y llena de proyectos, a la que acompañé tantas tardes hasta la barra para ver ponerse el sol y fundirse con las aguas, la que participó de mis silencios escuchando la resaca y la marea que llegaba hasta los muros, la que reía alborozada cuando la olas llegabas y rompías y sus gotas nos mojaban.

Ayer lo dije todo en esas letras, ya que hablé del "jardín de las rosas", de nuestros paseos hasta ese rincón que aún pervive, aunque marchito, pero sigue allí, con sus recuerdos, con aquellas rocas que fueron las testigos de nuestros besos, las que contemplaron nuestros abrazos y las que una tarde, incrédulas, quizás como nosotros, no entendieron que a partir de aquel momento no volviéramos de nuevo hasta su lado.

Y allí quedaron solitarias las rocas calizas de la ronda, los rosales silvestres que crecían por doquier, entre las hierbas y las matas; y quedaron con ellas nuestros sueños, las hermosas fantasías de las tardes y las noches, con las charlas inconclusas en que hablábamos de todo.

Se quedaron los suspiros renovados, los latidos presurosos que salían de los pechos, las colillas del cigarro que fumabas cada tarde...

Quizás por eso, al volver de nuevo a recordarlo, al volver al escenario que marcó nuestro destino, tuve miedo del pasado. Tuve miedo de mi mismo y de ese eco inconfundible que retorna a mi conciencia.

Yo te amaba y tú me amabas, ¿lo recuerdas?. Lo decíamos sin más, casi a diario. Lo decían nuestros labios pronunciando aquel "te quiero", lo decían las miradas tan nerviosas que buscaban tu mirada y mi mirada, lo decían nuestras manos que buscaban el calor de la otra mano. Lo decían nuestros besos sin palabras con un mudo escalofrío que llegaba hasta las almas.

Ya sé que no se debe volver sobre el pasado, y no lo hago. No intento retroceder sobre un tiempo y un momento transcurrido hace años. Yo sé, como tu sabes, que ese tiempo es una página pasada en el libro de la vida; aunque queden los recuerdos de mi parte, aunque quede esa duda razonable del por qué de aquel absurdo que marcó nuestro futuro.

Y por eso ha surgido ese relato, esas letras que salieron del recuerdo, que volvieron cual gaviotas a la costa, a dormir entre los brazos de la noche, en un otoño de la vida, sin rencores ni amarguras y si acaso con un toque de nostalgia.

Un abrazo, " "...

Rafael Sánchez Ortega ©
10/03/11

miércoles, marzo 09, 2011

EL JARDÍN DE LAS ROSAS...


Hoy he vuelto hasta el jardín de los rosales pues hacía mucho tiempo y muchos años desde la última vez que estuve allí, y fue contigo. En realidad no es ese su nombre, el jardín no se llamaba así, porque tampoco era un jardín como los que había en el centro, ni tenía un parque a su lado, ni árboles, pero nosotros así lo llamábamos, ¿recuerdas?.

Sonrío con tristeza al pensar en ese jardín y en aquella tarde. Recuerdo que fui a buscarte como siempre, a la tienda en que trabajabas. Saliste con tu cuerpo menudito y cabizbajo, muy cansada, las horas transcurridas detrás del mostrador no perdonaban y tu cuerpo lo acusaba. Sin embargo llevabas el cigarro inconfundible entre tus dedos, la sonrisa en tus labios de cristal y aquel pelo tan rebelde que pugnaba por cubrirte las espaldas y bajar hasta tu pecho.

Subimos hablando poco a poco. El aire de la tarde de un Enero ya creciente nos cubría y nosotros tratábamos de aprovechar esa hora mágica para conseguir ver la puesta de sol y a la vez llegar hasta nuestro jardín.

Hablábamos de mil cosas, de todo aquello que nos venía a la cabeza. Hablábamos de la vida, de nosotros, de los libros que leíamos, mientras apurábamos esos minutos de hermosura que el dìa nos brindaba.

Una vez arriba, y como dos enamorados, nos tomamos de la mano y caminábamos así, hasta nuestro jardín, a ese pequeño refugio donde una tarde vimos unas rosas abandonadas que crecían solitarias y en silencio y las hicimos nuestras.

Unas rocas calizas nos servían de asiento en aquel escenario que cortaba las palabras y nos hacía enmudecer. Como tantas tardes allí nos sentábamos, te abrazaba y te acurrucabas en mi pecho con tu mano rodeando mi cuerpo mientras nuestros ojos hablaban en ese diálogo sin voces ni palabras y donde solamente se escuchaba el latido de nuestros corazones.

Así te hable y me hablaste, hablamos mucho tiempo y nos embriagamos de aquella puesta de sol, en aquel escenario incomparable que nunca olvidaré. En un momento dado nuestros labios se juntaron, como tantas tardes, y nos besamos una y otra vez, en un acto juvenil de cariño y amor.

Sin embargo aquella tarde ocurrió algo que hizo que la historia de nuestras vidas cambiara y hoy recuerdo aquel momento, quizás aquel segundo con algo de tristeza, porque lo que sucedió marcó nuestras vidas.

Quizás lo recuerdes, ya que pasó cuando nos estábamos besando. Entonces yo llevé mi mano hasta tu seno para acariciarlo, para sentir la suavidad de aquel pecho que latía tan cerca del mío, para transmitirle mi cariño y llenarme del eco que creía que el mismo desprendía. Pero en un acto sorprendente, tomaste mi mano con la tuya y la separaste de tu pecho, tus labios se desprendieron de los míos y una mirada, para mi desconocida, dio paso a una frase que salió de tus labios:

-¡No!.

Fue como un grito que llegó a mi conciencia y me hizo retroceder. Algo que sucedió en una fracción de segundo y que azorado, me llevó a retirar la mano, a mirarte con verguenza y a decirte que me perdonaras.

De pronto todo cambió. La tarde había llegado a su final y el sol ya se había ocultado tras las montañas y allí, en aquel improvisado jardín, el "jardín de las rosas", dos personas se encontraban ahora, desconcertadas y ausentes, mirando como un día hermoso había terminado y también con él se había llevado sus sueños.

Bajamos hacia el pueblo pero ya nada era igual. Los dos íbamos pensando en lo sucedido y quizás tú pensabas una cosa y yo otra. Lo cierto es que nos despedimos con un "hasta mañana", aunque en el fondo yo sabía que no habría otro mañana, porque esa tarde había marcado un antes y un después de un sueño maravilloso.

Hoy, años después, cuando ya me encuentro en el otoño de la vida, recuerdo aquel momento porque quizás no lo he olvidado nunca, aunque me resistía a volver a ese sitio tan especial. El rincón está allí con sus rocas calizas. Las rosas han desaparecido y en su lugar existen unas matas de maleza. Tú estás en tu hogar y yo en el mío, pero en aquel lugar, y eso es lo hermoso, nacieron muchos sueños e ilusiones, muchos proyectos que brotaron y que luego, con el paso del tiempo se quedaron marchitados.

Rafael Sánchez Ortega ©
09/03/11

sábado, febrero 26, 2011

UN SUEÑO...


Escuché tu relato y, del mismo, me ha encantado tu casita mágica. La verdad es que coincidimos muchas noches, pero... No, no me sorprende. Y lo digo de veras, "no me sorprende" ese sueño que contabas.

Al oírte me dije que podría añadir páginas y páginas y hacer de ese sueño de la casita un verdadero palacio. Te podría hablar de los sótanos inmensos que tenía, de las alcantarillas y cloacas que iban debajo de sus cimientos y que muchas veces, por no decir todas, se ignoraban ya que si se supieran, hasta los moradores de la casita habrían huído atemorizados por la cantidad de ratas y animales de todo tipo que allí habitaban.

Te podría hablar de las azoteas, donde se paseaban de noche los fantasmas, esos que nunca se ven, pero que siempre están ahí, en la mente de los niños y los ancianos, esperando su momento, su minuto de gloria y eternidad y ¡cómo no!, esperando la fecha puntual y siempre exacta en que hay que tenían que llegar para engrasar las cadenas y luego caminar sobre esas nubes de algodón, donde les gusta estar, como si fuera un Olimpo soñado.

Te seguiría contando sobre los cuartos estancos, las habitaciones cerradas a cal y canto para la mayor parte de los que vivíamos en la casita, y donde se cocinaban todo tipo de comidas en un profundo crucigrama sin mirar si el estómago de los que allí esperábamos era capaz de digerir tanto potaje y tanta soberbia adquirida.

Te hablaría de los huecos en los vanos de las ventanas, allí donde se guardaban los secretos más profundos y donde los dueños avaros ocultaban sus tesoros celosamente, para que nadie llegara a ellos y para que así, las treinta monedas de plata, pudieran ser rescatadas en cualquier momento para vender al pobre inquilino de ojos azules, que simplemente tenía como pecado, vivir cerca y que tan solo pedía unas migajas de paz para llevarse a la boca.

Te hablaría de tantas cosas... Pero aquella Casona y no casita, ya estaba desbordada, y estaba llena de injusticia y de farsantes. Quizás en ella sobrábamos todos y hubiera que tirarla, socavar sus cimientos, remover sus tejas y clarear su azotea para que el aire fresco entrara y renovara todo el solar, mientras los niños buscaban entre los escombros, las monedas que dice la leyenda y, que los antiguos escondieron entre sus paredes.

A lo mejor la casita era solamente un sueño, como este que escuché de tus labios. Es posible que todo se quedara en ese largo y centenario subterráneo que llevaba del castillo a la iglesia del pueblo y que tantas veces nos contaron en casa, mientras nosotros, en nuestra infancia y en nuestros sueños, jugábamos con esas imágenes y creíamos, como Robinson Crusoe, que podíamos encontrar aquel pasadizo, y tras él ese tesoro inmenso que cubriría todas nuestras ambiciones para el resto de la vida.

En definitiva, me gustaría hablarte de mi casita ó de esa casita encantada del pueblo en la que un día viví, pero creo que prefiero quedarme con tu relato, con la sonrisa enigmática de tus labios y con ese sueño que anoche me contaste mientras dormía.

Rafael Sánchez Ortega ©
18/02/11

ATRÁS IBA DEJANDO...



Atrás iba dejando, tras mis pasos, caminos de inocencia, mariposas alegres, rosales que nacían de suspiros olvidados.

Y quedaban allí, entre la niebla, en oscuro desorden confundidos, tantos sueños de la infancia, tantas olas y resacas, tantas fiestas y verbenas, tantos guiños de la luna y las estrellas en aquellas largas noches del verano y de la vida.

Y quedaron con juguetes y libretas, con sedales y cometas, con rumor de caracolas y la impronta del salitre que llevaban, rescatada de la arena de la playa, de la costa siempre viva, en aquella partitura de un pasado ya lejano.

Se quedaban los caminos y aumentaba la distancia, aumentaban los recuerdos como nubes de tormenta, aumentaban los gemidos y las lágrimas del alma, aumentaban los silencios en la eterna soledad de la distancia.

Sin embargo no podía detenerme, no podía dar la vuelta y mirar aquellas huellas tan recientes de mis pasos. Una fuerza irresistible me arrastraba hacia adelante, me empujaba con el soplo de la brisa a un destino sin fronteras, a ese mundo imaginario
donde existe la utopía, donde nada es diferente, donde esperan las promesas y los sueños en desorden.

Y por eso caminaba todavía, con un soplo de ilusión en esa antorcha, una llama vacilante, palpitando entre la noche de mi alma, animándome a seguir, en ese viaje
sin retorno, a no parar y dar la vuelta y buscar entre las sombras lo que anhelo y lo que busco.

Y seguía caminando a pesar de estar sediento, a pesar de tener hambre, a pesar de tener frío y faltarme aquel abrazo que buscaba y deseaba. Caminaba paso a paso hacia
el destierro con las lágrimas resecas de mis ojos, con los labios agrietados y sin besos, con el alma traspasada por la fría indiferencia de la vida.

Caminaba paso a paso hacia la nada, caminaba simplemente tras la antorcha que alumbraba en la distancia, como un faro solitario de la costa.

...Ya quería tener cerca su figura, abrazarme a sus paredes y dormirme entre sus brazos. Ya quería que esa luz parpadeante se acercara, me envolviera y me cegara,
me llevara tras sus pasos y anulara mis sentidos.

Y por eso caminaba, con un rayo de esperanza, tras el último suspiro de una tarde que marchaba hacia el ocaso, extendiendo bien mi mano y pidiendo, simplemente como un niño, nada más que aquel abrazo, y unos labios con el beso tembloroso que anhelaba
y deseaba, sin promesas ni palabras...

Rafael Sánchez Ortega ©
21/02/11