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viernes, septiembre 12, 2008

REGALO DE REYES


El ruido de Víctor la despertó en la mañana con sus gritos infantiles que la sacaron del sueño mientras gritaba alborotado acudiendo a su cama.

-Mamá, mamá, ¡mira lo que me han traído los Reyes Magos!

Verónica se desperezó bajo el calor de la ropa de la cama, y con gran pesar se incorporó en el blando lecho para atender al pequeño que venía entusiasmado a mostrar los regalos que le habían dejado los Reyes.

-¿Ves mamá?, ¡me han traído todo lo que pedí!

-Eso es porque se habrán olvidado de que no fuiste muy bueno, en algunas ocasiones. Quizás se hayan confundido y lo que te han dejado fuera para otro niño.

-Que no, mamá, están todas las cosas que les pedí en la carta.

Una sonrisa se fue dibujando en la boca de Verónica mientras se levantaba de la cama, tomaba una bata y se la ponía para no enfriarse en la mañana de invierno, y se calzaba las zapatillas.

Recordaba muy bien aquella carta, la escribió con Víctor hacía unos días, para depositarla después en unos grandes almacenes de la ciudad. En aquel momento, mientras redactaba aquella carta junto al niño, ella estaba escribiendo otra sin papel ni bolígrafo, sólo con el pensamiento. Pedía un sueño.

Pero no, los sueños, sus sueños, debían quedar allí, en su pensamiento, encerrados en ese cofrecito guardado celosamente en su corazón. Ahora debía atender a su hijo. Compartir con él esos primeros momentos de emoción y alegría y ser partícipe de esos regalos surgidos en la noche, que una mano misteriosa había depositado junto a los zapatos del niño dejados al lado de la chimenea.

Víctor salió corriendo hacia el salón, como queriendo que ella se apresurara para ver los regalos. Le siguió mientras ahogaba un bostezo y al llegar a su lado le pasó la mano por el cabello revolviéndoselo en un gesto que sabía disgustaba al niño, pero que a ella le agradaba para hacerle sacar ese genio infantil.

Después de ver los juguetes y compartir con Víctor todos los argumentos que éste daba sobre los Reyes y su buen comportamiento para recibir los regalos en vez del carbón que ella le había pronosticado, pasó a la cocina a preparar el desayuno.

Calentó un café para ella y un cola-cao para el niño mientras pensaba... Pensaba en muchos años antes, en realidad no tantos numéricamente, pero sí una eternidad en cuanto a lo que había ocurrido en su vida. Recordó aquel día de Reyes, en casa de sus padres, cuando en una fecha como esta despertó al lado de su hermana Clara, y ambas bajaron, como debió hacer Víctor unos minutos antes, a buscar los regalos en la chimenea.

¡Clara!... Al pensar en ella unos sentimientos encontrados cruzaron por su alma. Estuvieron tan unidas que llegó a quererla mucho. En realidad esa unión las hizo cómplices de muchas cosas vividas en los años infantiles, hasta el punto de que fue además de su hermana, su mejor amiga.

Pero ahora Clara estaba lejos. Sus vidas se habían separado. La veía con frecuencia algún fin de semana y en esas horas que pasaban juntas se contaban muchas cosas. Pero las dos habían crecido. Ya no eran aquellas niñas que jugaban y que iban al colegio. Ahora, cada una tenía su propia vida, sus propias circunstancias y su propio destino.

Verónica miraba por la ventana de la cocina mientras apuraba lentamente la taza de café recordando aquellos momentos vividos de su infancia.

-Mamá -la voz de Víctor la volvió a la realidad, ¿a ti no te han traído nada los Reyes?

-No sé, Víctor, no he mirado bien.

-Pero tú también escribiste una carta, ¿no? -le decía el niño con sus ojos pensativos-. Recuerdo que también la echaste en el buzón de los Reyes el otro día, junto a la mía.

-Sí, es cierto, tienes razón. Quizás antes no me he fijado bien.

-Vamos a ver, quiero saber lo que te han traído.

El niño la tomó de la mano y ella, depositando la taza de café en la mesa de la cocina, le siguió apresurada hasta el salón. Sabía qué iba a encontrar y dónde se hallaba, pero no quería desilusionarle.

-¿Anoche no dejaste los zapatos en el salón? -le preguntó Víctor con cara de sorpresa-.
-No, la verdad, no se me ocurrió.

-Entonces igual no te han dejado nada, mamá.

-Quizás he sido mala y merecería el carbón y ceniza.

-No digas eso, mamá -le contestó el niño abrazándose a ella y dándole un beso en la mejilla-. Tu no eres mala, además yo he pedido que te trajeran algo.

-Bueno busquemos con cuidado, puede que lo hayan dejado en cualquier parte del salón.

Verónica empezó a simular que buscaba en los sitios más insólitos del salón, junto a la chimenea, detrás del sofá, bajo la mesita de las revistas, pero no. No era allí. Miraba a Víctor de reojo mientras fingía todo esto. El la seguía con la mirada, pensativo. De pronto, el niño reparó en el árbol de Navidad.

-Mamá, ¿has mirado en el árbol de Navidad?

-No se me había ocurrido. ¿Tú crees que pueden haber dejado algo en el arbolito?

-Bueno, al no ver tus zapatos pueden haber dejado tu regalo en cualquier parte.

-Espera, creo que ahí hay algo, junto a la estrella. ¿Lo ves?

-¿Ese paquetito pequeño?

-Sí, quizás sea ese el regalo.

Verónica despegó de la rama el paquete envuelto en papel de regalos. Se arrodilló para abrirlo delante de Víctor y así dejar que su inocencia siguiera con atención aquel proceso y viera el frasquito pequeño de colonia que había dentro.

-Es colonia -dijo el niño con una mezcla de asombro y decepción-.

-Sí, ¿qué esperabas que me podían dejar? Es una colonia que huele muy bien. Tenía ganas de que me la regalaran y se la pedí en mi carta.

-Bueno, si eso fue todo lo que pediste, entonces ellos no tienen la culpa. Pero me hubiera gustado que te dejaran más cosas, como a mí.

-No te preocupes, otro año lo harán, ya lo verás.

Verónica dejó al niño en el salón y regresó a la cocina. A través de la ventana vio el jardín con la hierba cortada, las plantas, su buzón de correos al fondo, junto a la acera.

Recordaba su carta, aquella que había escrito con el pensamiento. Recordaba muy bien lo que había pasado por su cabeza en aquellos momentos. Pero no, no podía ser. Hoy era día de fiesta. Nadie trabajaba y por lo tanto no podía tener correo esperándola. ¿Y si fuera cierto y su sueño se hubiera cumplido?

Abrió la puerta de la calle, cruzó el jardín y abrió el buzón de correos. Había un sobre con su dirección. Temblando y sin salir de su asombro lo tomó y se dirigió hacia su casa. Abrió el sobre y sacó una cuartilla escrita con la letra que tan bien conocía.

Empezó a leer y sin poderlo evitar unas lágrimas empezaron a resbalar por sus mejillas. Oyó la voz de Víctor que venía del salón. Sacó un pañuelo para secarse precipitadamente los ojos dejando la carta sobre la mesa.

-¿Estás llorando, mamá?

-No, Víctor. No es nada.

-¿Entonces qué te pasa? ¿De quién es esa carta que está en la mesa?

-Es de los Reyes, Víctor.

-¿De los Reyes? -le preguntó el niño sorprendido-, ¿y cómo te han mandado una carta? ¡Qué raro!

-Sí, si que es raro.

-¿Y qué te dicen en la carta?

-Que no me preocupe, que vas a ser muy bueno. Que harás todo lo que te mande y que estudiarás mucho este año.

-¿Ves mamá?, ellos lo saben. Voy a ser bueno, ya te lo dije yo.

-Sí, mi cielo. Anda ve a jugar con los regalos.

Y el niño salió de la cocina mientras Verónica buscaba la carta para releer las líneas escritas y que le habían provocado aquel estremecimiento.

Nunca las olvidaría, aunque ella no sabía si estaba soñando aún y si todo era producto de ese hermoso sueño. Pero aunque así fuera nunca olvidaría esas líneas escritas para ella, la niña que guardaba celosamente en su alma, por esa persona tan especial que sabía que la amaba.

Cerró los ojos y recordó el contenido de aquella carta...

"Mi querida canija...

En este día tan especial, en que los Reyes llegan a todos los niños con sus regalos, quisiera que uno, también especial, llegara a ti con mis líneas.
No, no se trata de un regalo material. No va a ser ropa, calzado, colonia ni nada de eso. Sabes bien que yo no puedo darte nada así.

En este día dedicado a los niños, yo te mando por medio de estas líneas mi cariño y amor. Sé que tú, que aún sigues siendo una niña, serás capaz de verlo y sentirlo así. Sé que acariciarás con tu mano la cara invisible que añoras, que sentirás el abrazo cálido de mi cuerpo y saborearás el beso que te mando en estas líneas para que llegue a tus labios.

Este es mi regalo, canija. Sabes que todo mi cariño es tuyo, que mi pensamiento te pertenece y me acompañas a todas partes, porque tú formas parte de mi vida desde que te conocí.

Sé que es muy poco este regalo para todo lo que mereces. Sé que tu vida es dura y difícil y que las rosas del jardín de tu vida tienen espinas y te hacen sangrar cuando tratas de recogerlas. Pero yo estoy a tu lado. Lo sabes bien. Siempre he estado y aquí seguiré estando para lo que necesites.

No, no digas nada, mi cielo. Sólo sueña en este día y déjate llevar. Sueña con Víctor, mira como juega con sus juguetes y piensa que tú también eres una niña. Quizás nunca dejaste de serlo. Y luego, cuando vayas a casa de tus padres a recoger los regalos para el niño y para ti, dales un beso de mi parte.

Hoy es un día especial, canija, por eso te pido que no dejes nunca de ser esa niña que conocí.

Un beso con todo mi cariño y amor, Miguel"


Rafael Sánchez Ortega ©
09.01.06

SONRISAS BAJO UNA NUBE DE CRISTAL


Era un día de fiesta y ella había acudido a visitar a su amiga, como hacía siempre en esos días, aunque el motivo principal era pasar un rato con su hijo pequeño, que tenía pocos meses, y se llamaba Jaime.
El día anterior, Él le había dicho que si veía al niño le diera un beso de su parte, y ahora allí estaba ella, delante del niño que la miraba con aquellos ojitos, color verde musgo, que tanto adoraba.
Tomó al niño en brazos, mientras recibía del mismo esa sonrisa inocente e infantil que tantas cosas le decía. Le dio unos besos a la vez que le abrazaba como si fuera el cuerpo querido de la persona ausente, el que tuviera entre los brazos, aquella que le había dado ese encargo de mensaje y cariño para Jaime.
Porque, en definitiva, ella sintió que el niño le había causado una gran sensación cuando le enseñó una fotografía suya y, Él empezó a preguntarle cosas relativas al pequeño: su nombre, de quien era hijo, los años que tenía, el color de sus ojos y más preguntas que tan bien recordaba.
-"En realidad se trata de otro niño -había pensado mientras le escuchaba-, igual que tú en el fondo de su alma, pero más chiquito aún"
Esto pensaba y se decía ahora mientras jugaba con el niño y le hacía mil carantoñas. Le besaba e incluso comenzaba un monólogo, como si el niño que a veces, se la quedaba mirando pudiera entender lo que le decía en pensamientos y él le contestaba, a su vez, con un parloteo.
-"¿Sabes Jaime? Él me ha dado un encargo especial para ti. Me ha dicho que te de un beso muy fuerte y que te diga que eres muy guapo"
-"¿Eso ha dicho Él?"
-"Sí, eso me dijo y creo que te quiere mucho, porque es una buena persona, y en el fondo un niño como tu".
-"¿Sabes tía? -le preguntó el niño, o al menos eso creyó ella que balbuceaban sus labios con aquellos sonidos infantiles ("agu... geregere... guruguru...")-, a mí también me ha caído bien y le quiero mucho. En realidad os quiero a los dos, pero ¿me llevaréis algún día con vosotros a jugar a la playa?"
-"Sí cariño. Vendrás con nosotros a jugar en la arena y Él te hará un castillo con murallas rodeado de un foso de agua, mientras yo os miro sonriendo"
-"¿Me podré bañar con vosotros? -Seguía preguntando el niño con su voz solo audible para ella-."
-"Te llevaremos de la mano hasta la orilla. Allí Él te tomará en los brazos para que no te hundas y luego, te enseñará a nadar, para que no le tengas miedo a las olas y estoy segura de que luego le salpicarás con tus manitas arrojándole agua, mientras te sonríe"
-"¿Tu le quieres, verdad tía?"
-"Sí, Jaime, no puedo ocultarte la verdad. Le quiero porque me ha hecho volver a sentir muchas cosas. A su lado he vuelto a ver el otoño, con sus hojas amarillas que son tan maravillosas, y que rechinan al pisarlas mientras mis labios les cantan. De esa manera me siento fuerte y hablo a las hojas del bosque, a las nubes del cielo, a las estrellas y ¿Sabes Jaime?, esas hojas doradas del otoño, las nubes de la tarde cuando pasan en el cielo y las estrellas que destellan en la noche, me contestan y me dicen muchas cosas. Me hablan de ti y de Él"
-"Yo también quiero que le des un beso y un saludo de mi parte y le digas que cuando sea mayor tiene que ayudarme a montar un cometa, con una cola larga, para que suba en la playa hacia el cielo"
-"Se lo diré, Jaime. No te preocupes -contestó al niño en ese lenguaje inteligible de los sonidos, los gestos y la mímica unida a la sonrisa que dibujaban sus labios-."
-"¿Cuándo le volverás a ver?"
-"Le veo siempre, Jaime. Sí, ya sé que parece una locura, pero es una locura maravillosa poder acordarse de Él a cada instante, verle en todas las cosas. Mira, ahora le veo. Nos mira y sonríe porque te tengo en los brazos. Me dice cosas que no entiendo, me señala el cielo. Sí, está diciendo algo sobre las nubes. ¡Ah, ya sé lo que me dice!"
-"¿Y qué te dice, tía? -Le contestó el niño en ese monólogo-."
-"Que busque en el cielo la nube de cristal. Es una nube blanca que parece una burbuja. En ella tengo guardados todos mis sueños y a ella también subo a veces a descansar y a contemplaros a ti y a Él mientras jugáis en la playa. Me dice que te la enseñe, que te suba a ella para que descanses y aprendas a soñar, ya que los niños necesitan guardar en su corazón el tesoro inapreciable de la vida y saber que todo lo que existe es algo maravilloso y tiene un sentido importante para amarlo y compartir con los demás"
-"Qué bonito, tía"
-"Sí, Jaime, pero Él te lo dirá con otras palabras y quizás sin ellas. En el fondo es un crío, como tú, aunque sea una persona mayor físicamente, porque nunca ha dejado de ser un niño, y en su alma sigue existiendo un corazón como el tuyo de niño pequeño. Por eso os quiero tanto a los dos"
-"¿Y a quien quieres más de los dos, tía?"
-"No seas malo, Jaime. Esa pregunta no se hace -le contestó ella sonriendo-. A los dos os quiero mucho, aunque tú necesitas más cariño porque eres más pequeño, pero Él también necesita que le quieran, como todas las personas mayores con alma de niños"
-Rosa ¿qué estás haciendo con Jaime?, ¿qué pasa que te veo tan parlanchina? -La voz de Victoria la sacó del monólogo y sueño, volviéndola a la realidad-.
-Nada, sólo charlábamos, ¿verdad Jaime?
-"agú... gere... bugeburere..." -fue el sonido incomprensible para Victoria que salió de la boca de Jaime, mientras palmeaba en el aire sonriendo a su amiga-.
-Estás loca, Rosa. Creo que este chiquillo te ha trastornado un poco. –Le dijo Victoria afectuosamente, mientras la abrazaba y dejaba un beso en su mejilla-.
-"Si, Victoria, estoy loca, -pensaba Rosa sin articular palabra con el niño en brazos y mirando a su nube de cristal en el cielo-. Pero es una locura muy cuerda y además maravillosa"
-Anda, entremos en casa, cambiemos al niño y luego le das de comer. Así te entretienes un poco más con Jaime, ¿Te apetece Rosa?
-¡Claro, Victoria!, ya sabes que poder estar con el niño es algo maravilloso y que me encanta.
Mientras entraban en casa las nubes pasaban en el cielo. Entre ellas destacaba una de cristal. Era una nube blanca, rodeada de una burbuja, que contenía todos los sueños de la vida guardados celosamente, y que un día, una tarde o una noche, unas personas con alma de niños subirían a buscarlos para dormir con ellos y soñar eternamente.
Rafael Sánchez Ortega ©

08.12.05

miércoles, septiembre 10, 2008

LA VIEJITA



Es una tarde de otoño en que el cielo azul destaca tras los cristales de la ventana. Luce el sol y con él la luz cae a raudales impulsando, a la vez, ese color divino y mágico que hace que el niño que llevas dentro vuelva sin querer la vista al pasado, y retorne de nuevo a sus sueños. Esos sueños donde la fantasía se mezcla, con la luz, la música y la risa, en confuso desorden, cabalgando juntos en su juego infantil y apartados del odio, la envidia y las pasiones de las personas mayores, carentes de sueños en su corazón.

Luces y sombras son preciosas combinaciones de formas caprichosas que unidas a ese color azul del cielo del verano y al color verde de esta tierra hacen que su belleza y el embrujo que emana de sus tonos te encoja el alma y sin querer dejes escapar un suspiro de felicidad y de aprecio por todo lo que la vista te ofrece y que quisieras poder abarcar entre los brazos de tu sueño y estrechar contra tu pecho con los ojos cerrados, como si fuera un cojín del salón ó el peluche de ese niño que todavía llevas dentro, en tu corazón.

Y te quedas absorto y mudo mientras miras cómo el mar riza sus olas verde azuladas impulsadas por el fino viento del nordeste que ahora sopla en la tarde, a la vez que el cielo azul pálido se va estirando desde la tierra por la bahía, y sube a lo alto, alcanzando ese color azul intenso, diferente al verde azul del mar, sin que una nube turbe el amplio espacio donde vuelan las gaviotas, las garzas y los cormoranes sobre las marismas, ahora cubiertas por el mar, buscando ese pequeño espacio donde poder posarse para buscar la pieza ansiada del pececito descuidado con que poder alimentarse.

***

Pero bajo el azul del cielo y el calor de la tarde de otoño que empieza, una figura inolvidable pasa ante tu vista. Una viejecita humilde camina despacio, camina sin prisa, con sonrisa alegre que en su boca escapa de labios marchitos, bajo una frente arrugada y mejillas curtidas por los años.

Su figura dulce y apuesta, todos los días baja por la acera, con paso menudo, caminando lenta, marcha hacia ese parque, el de las palmeras que en la tarde espera. Allí se detiene y busca un banco donde el sol derrame todavía su calor. Se sienta despacio, mirando a su alrededor, buscando a una persona misteriosa, a ese viejecito que días atrás ha venido al parque, con su ropa vieja, un bastón para apoyarse mientras camina lentamente. Tiene rostro severo, cubierto por una boina calada, y la viejecita no sabe de donde procede.
El viejito llega renqueante, como todas las tardes, con su andar cansino, el bastón en la mano derecha que vacila buscando el piso, mientras la otra mano guarda, en el bolsillo de su chaqueta vieja. Encuentra otro banco vacío y allí él se sienta, y como todas las tardes, desde que le conociera, la viejita mira cómo las palomas bajan y se acercan, a esa figura tan seria y severa, que la trae recuerdos y sueños de aldea. El saca la mano, del bolsillo presta, con unas miguitas de pan que allí suelta y las palomitas aún más se le acercan, y suben al banco y pican las migas, que como perlas, este viejecito en las tardes lleva.

Pero lo que más sorprende a la viejecita que así le contempla, desde la distancia de otro banco cerca, es esa canción que entona y recuerda. Recuerda los sones, recuerda la letra de un viejo poema que nació para ella. Recuerda el poema y recuerda al poeta, pues nunca ha olvidado sus palabras tiernas. Esa melodía la lleva en el alma, la siente muy cerca, desde aquella tarde, hace mucho tiempo, en que un joven triste que era un poeta, se acercó hasta ella y la dio el poema.

Y ahora en este parque, en un banco cerca, un viejito canta, el bello poema. Y su voz madura, suena en el silencio de la tarde fresca, sobre un "gorgojeo" de aves hambrientas. La viejita humilde de figura apuesta, siente que su cuerpo allí se estremece reviviendo el tiempo, el pasado ausente, en que un día amando, alguien la trajese aquellas estrofas con mirada ardiente.

La pupila parda, también se estremece, y de sus ojitos otrora marrones, el agua resbala, el lloro aparece. Sus ojos vidriosos buscan al viejito, y en él se detienen. Mira su figura sentada allí enfrente, busca en esos rasgos el amor que vuelve. Pero su memoria es flaca y la duda viene. No recuerda boina, sí unos ojos verdes, ni el bastón conoce, más su andar parece.

Igual que la voz que ahora canta y duerme, sí es la voz que un día le llevó un poema y dejó en su oído susurros y ambientes, con el canto alegre de aquel estribillo que cerró sus ojos, aplacó su mente, mientras en un sueño sintió aquel abrazo y alabó la suerte de sentirse amada y encontrarse alegre.

Pero el tiempo pasa, las migas se acaban, las palomas marchan, la canción termina y el poema muere. El viejito queda sólo en aquel banco, con sus manos grandes sobre la cachava, la boina calada, la mirada ausente. Dentro de un momento moverá sus piernas, volverá a sus pasos y poquito a poco con bastón en mano marchará a su casa, pasará a su lado. Y aquella viejita tan dulce y apuesta, que allí en otro banco, así le contempla, buscará coqueta que el viejito mire su figura austera, que sigue sus pasos esperando presta, la mirada alegre, la mirada apuesta de aquella figura que ella recuerda.

La tarde se acaba, el azul se acuesta y arriba en el cielo asoman estrellas, que sacan sus guiños sus luces de fiesta igual que diamantes en forma de perlas, y el azul del día se cambia en la tarde por otro mas fuerte, mas azul y oscuro que la noche envuelve.

Y en ese momento junto a la viejita unos pasos vienen, una tos que suena, un pañuelo sale, pero de las manos tan grandes que tiemblan se le cae al suelo el paño de seda. Su mirada vuelve en un momento, mira a la viejita, que atenta le observa. Ella se levanta, se agacha a sus piernas, recoge el moquero y busca la mano que perdió la prenda. El siente aquella mano y el calor de ella, mientras sus ojitos, en tiempo tan verdes, buscan los marrones en la cara austera. Y allí están sus ojitos, su mirada tierna, la cara temblando del dulce poeta. Sobran las palabras tras esta sorpresa, se cumplió aquel sueño que un día tuvieran, aquellos muchachos, hoy ya viejecitos, de volver a verse, un día cualquiera.

Y el viejito marcha lento para casa, mientras la viejita tan dulce y apuesta también le acompaña alegre y contenta, por haber hallado en la tarde fresca y entre los azules de su vieja tierra el amor que un día nació en aquella aldea cuando aquel poeta le entregó un poema.

Arriba en el cielo, la tarde declina, la noche ya empieza, mientras en el mundo dos seres que amaron, ahora despiertan. Volverán a verse, buscarán sus pasos, y vendrán en breve a este viejo parque en próximos días a amarse y quererse. Allí las palomas buscarán sus manos, picarán las migas y ellos sonrientes verán sus ojitos, de mirada dulce, de mirada ausente con un nuevo brillo ahora diferente.

Y así las palomas en el viejo parque serán centinelas, de un amor nacido, de un sueño que vuelve, que vive y comienza, ahora en la tarde, envuelto en poemas nacido de gentes, que escribió un poeta hace mucho tiempo, para darlo a ella, hoy la viejecita, entonces princesa.

Rafael Sánchez Ortega ©

domingo, septiembre 07, 2008

EL MENDIGO




Era noche cerrada, y arriba brillaban las estrellas cuando el mendigo, abandonó la tierra con el hato a cuestas, sus ropas remendadas que le habían acompañado en cientos de viajes y , aquel aspecto humilde que tanto había paseado por el mundo.

Nada tenía, nada poseía, y a la vez ,nada le retenía a esta tierra, donde un día, ya hace años, vino al mundo en el seno de una familia pobre, creció entre compañeros de su misma condición, sin juguetes ni vestidos de gala, recibiendo una alimentación básica y de acuerdo a lo que ganaba su familia, mientras aprendía las cuatro reglas elementales en su casa, de manos de una abuela analfabeta, que con santa paciencia le mostraba los dibujos del libro de texto y entre ellos asociaban las imágenes con lo que éstas querían decir.

Aquel chico aprendió pronto a leer, y también a escribir, consiguiendo que su tiempo libre fuera para ellos, los libros, y también para dejar en sus cuadernos, junto a las primeras letras casadas "papá" y "mamá" un deje particular de lo que más tarde iba a ser el centro de su vida.
Efectivamente, aquella primeriza educación hizo que aquel niño, hoy mendigo, entrara a esa otra vida, la de los sueños y la fantasía de mano de la lectura y más tarde de la escritura. Allí conoció a innumerables héroes, todos de ficción, y éstos descendieron desde las páginas de los libros a su cabeza, consiguiendo que su mundo fuera otro y distinto al de sus compañeros de juegos.

Nunca pudo recordar cuando pasó de la infancia a la juventud ó si ese paso se produjo realmente, aunque sí recordaba aquella tarde en que con un cuaderno en la mano se sentó bajo la sombra de aquel árbol de la vieja Iglesia y mirando al norte, al antiguo páramo donde no hacía muchos años las vides campaban a sus anchas escribió aquellos primeros versos: "Princesa linda princesa y más bella criatura..."

Lo que no podía imaginarse, aquel niño mientras escribía aquellos versos, era que había empezado un camino sin retorno. Un camino hacia la vida por un mundo intrincado y lleno de vericuetos y trampas, donde nada era igual a la imagen que se ofrecía antes sus ojos.

No, aquella cara que le inspiró aquellos versos no era la de ninguna princesa, ni tampoco la sombra alada de la gaviota era la del ser angelical que un día podría llevarle allende los mares a conocer otras tierras y otras gentes.

No, nada sería igual, ya que nuestro niño, aquel que vemos escribir se convertiría de pronto en un mendigo. Un mendigo que comenzaría a partir de ese momento a buscar la esencia de la vida en los libros, a perseguir la aventura añorando conseguir los ideales de sus héroes y también a buscar desesperadamente el amor a través de esas páginas que día a día devoraba.

Y así pasó el tiempo, se hizo hombre ó al menos eso pensó él. Recorrió medio mundo buscando la esencia de la vida para tratar de encontrar la piedra filosofal de la misma. Tampoco consiguió emular a sus héroes, de los libros de aventuras, ni pudo ser el pensador de aquellos otros, ni el viajero errante que conseguía llegar al Polo Norte ó al fondo del mar, ni tampoco encontró el amor en ese camino errante a pesar de las miles de páginas leídas.

Lentamente las hojas del otoño fueron cayendo año tras año y ahora el hombre, nuestro mendigo, aunque quizás seguía siendo un niño, tomaba el camino que llevaba a ese cielo estrellado, con su paso cansino, la mirada ausente, llevando por equipaje las cuatro prendas que envueltas en un viejo paño llevaba colgadas de la punta de un bastón que su mano apoyaba en su hombro.
Y llegó a ese cielo y llamó a la primera puerta de una estrella brillante y prometedora que lanzaba sus rayos invitándole a entrar.

-¿Qué quieres? -le dijo la estrella-.
-Vengo buscando...
-Lo siento -le contestó la estrella, sin dejarle continuar-, yo sólo tengo luz para alumbrar los cielos.
Siguió caminando y encontró otra puerta donde una estrella luminosa exhibía su traje de gala.
-¿Qué buscas? -le preguntó esta estrella-.
-Yo quería...

-Perdona -tampoco ésta estrella le dejó acabar dejándole con las palabras en la boca-, yo sólo estoy aquí para que me vean otros soles, y que admiren lo que llevo.
Confundido el mendigo siguió caminando un poco más y vio una estrella pálida, semidifusa y que se escondía a su paso. No la dio mayor importancia ya que él buscaba una estrella brillante y que llevara dentro toda aquella cargazón que él había imaginado.

-Adiós, amiga -La saludó él al pasar.
-¿Adiós? -le preguntó ella-, ¿de qué me conoces, si nadie me hace caso y la soledad es mi compañía?

-Yo también estoy solo, vengo con mis sueños, y estoy cansado. Buscaba solo un alojamiento para dormir un poco.

-Si quieres puedes pasar -le dijo la estrella pálida-, te acomodaré en un hueco y velaré tu sueño.

-¿Lo dices de veras? -le preguntó el mendigo, mientras un estremecimiento recorría su cuerpo-.

-Sí, puedes quedarte a dormir, y soñar tu sueño.

-Acepto entonces y te doy las gracias por ello.

La pálida estrella le abrió la puerta y el mendigo cruzó el umbral encontrándose en medio de todo aquello que él había perseguido inútilmente durante tanto tiempo por la tierra. Allí estaba la esencia de la vida que tanto había deseado encontrar, sus héroes, rescatados de los libros de aventuras, descansando entre los muebles de la estancia, allí estaba su Princesa con aquel amor romántico escapado de las páginas de Bécquer y Darío, allí estaba la vida, su vida, la que tanto había perseguido en sus sueño y nunca había conseguido alcanzar en la tierra.

Y con todo aquel mundo rodeándole cerró los ojos y se durmió en el primer sofá vacío que encontró. Durmió profundamente soñando que era un hombre y que había llegado a su mundo, aquel mundo añorado y perseguido, donde la vida se transforma en algo sencillo, donde la verdad era el norte, donde no existía la mentira, donde el valor de una mirada valía más que mil palabras y donde una palabra pronunciada por los labios amados era algo sagrado y de incalculable valor.

Y se durmió aquel mendigo en la casa de la estrella pálida. Quedó sumido en un sueño del que no quería volver ya que estaba viviendo todo aquello que desde hacía tiempo, desde que aprendió a leer y escribir había perseguido.

Pero los sueños son sólo sueños, y un día, el niño que llevaba dentro aquel mendigo, volvió a despertar a la vida, dándose cuenta de que todo lo vivido, lo que había creído tener a su alrededor, sus héroes, sus valores e ideales, sus aventuras y también su princesa eran sólo un sueño bonito y hermoso, pero algo pasado al que le había transportado el cariño y el celo de aquella estrella pálida.

Se despidió de ella para volver a la tierra, a seguir con su camino, a volver con sus sueños, a vivir con sus fantasías.

-Adiós estrellita, te agradezco que me hayas concedido descansar y soñar ese sueño.
-Hasta pronto amigo, vuelve a la vida, allí está tu sueño, quizás nunca lo encuentres, pero está allí.

Y nuestro hombre, aquel niño de antaño, hoy mendigo con alma de niño, volvió a la tierra en el nuevo amanecer con sus pobres harapos, andando con su hato a cuestas, sorteando estrellas que se retiraban en la mañana y llevando en su alma ese sueño inmenso que nunca sería capaz de realizar, pero por el que merecía la pena vivir y soñar.

Rafael Sánchez Ortega ©