viernes, septiembre 12, 2008

REGALO DE REYES


El ruido de Víctor la despertó en la mañana con sus gritos infantiles que la sacaron del sueño mientras gritaba alborotado acudiendo a su cama.

-Mamá, mamá, ¡mira lo que me han traído los Reyes Magos!

Verónica se desperezó bajo el calor de la ropa de la cama, y con gran pesar se incorporó en el blando lecho para atender al pequeño que venía entusiasmado a mostrar los regalos que le habían dejado los Reyes.

-¿Ves mamá?, ¡me han traído todo lo que pedí!

-Eso es porque se habrán olvidado de que no fuiste muy bueno, en algunas ocasiones. Quizás se hayan confundido y lo que te han dejado fuera para otro niño.

-Que no, mamá, están todas las cosas que les pedí en la carta.

Una sonrisa se fue dibujando en la boca de Verónica mientras se levantaba de la cama, tomaba una bata y se la ponía para no enfriarse en la mañana de invierno, y se calzaba las zapatillas.

Recordaba muy bien aquella carta, la escribió con Víctor hacía unos días, para depositarla después en unos grandes almacenes de la ciudad. En aquel momento, mientras redactaba aquella carta junto al niño, ella estaba escribiendo otra sin papel ni bolígrafo, sólo con el pensamiento. Pedía un sueño.

Pero no, los sueños, sus sueños, debían quedar allí, en su pensamiento, encerrados en ese cofrecito guardado celosamente en su corazón. Ahora debía atender a su hijo. Compartir con él esos primeros momentos de emoción y alegría y ser partícipe de esos regalos surgidos en la noche, que una mano misteriosa había depositado junto a los zapatos del niño dejados al lado de la chimenea.

Víctor salió corriendo hacia el salón, como queriendo que ella se apresurara para ver los regalos. Le siguió mientras ahogaba un bostezo y al llegar a su lado le pasó la mano por el cabello revolviéndoselo en un gesto que sabía disgustaba al niño, pero que a ella le agradaba para hacerle sacar ese genio infantil.

Después de ver los juguetes y compartir con Víctor todos los argumentos que éste daba sobre los Reyes y su buen comportamiento para recibir los regalos en vez del carbón que ella le había pronosticado, pasó a la cocina a preparar el desayuno.

Calentó un café para ella y un cola-cao para el niño mientras pensaba... Pensaba en muchos años antes, en realidad no tantos numéricamente, pero sí una eternidad en cuanto a lo que había ocurrido en su vida. Recordó aquel día de Reyes, en casa de sus padres, cuando en una fecha como esta despertó al lado de su hermana Clara, y ambas bajaron, como debió hacer Víctor unos minutos antes, a buscar los regalos en la chimenea.

¡Clara!... Al pensar en ella unos sentimientos encontrados cruzaron por su alma. Estuvieron tan unidas que llegó a quererla mucho. En realidad esa unión las hizo cómplices de muchas cosas vividas en los años infantiles, hasta el punto de que fue además de su hermana, su mejor amiga.

Pero ahora Clara estaba lejos. Sus vidas se habían separado. La veía con frecuencia algún fin de semana y en esas horas que pasaban juntas se contaban muchas cosas. Pero las dos habían crecido. Ya no eran aquellas niñas que jugaban y que iban al colegio. Ahora, cada una tenía su propia vida, sus propias circunstancias y su propio destino.

Verónica miraba por la ventana de la cocina mientras apuraba lentamente la taza de café recordando aquellos momentos vividos de su infancia.

-Mamá -la voz de Víctor la volvió a la realidad, ¿a ti no te han traído nada los Reyes?

-No sé, Víctor, no he mirado bien.

-Pero tú también escribiste una carta, ¿no? -le decía el niño con sus ojos pensativos-. Recuerdo que también la echaste en el buzón de los Reyes el otro día, junto a la mía.

-Sí, es cierto, tienes razón. Quizás antes no me he fijado bien.

-Vamos a ver, quiero saber lo que te han traído.

El niño la tomó de la mano y ella, depositando la taza de café en la mesa de la cocina, le siguió apresurada hasta el salón. Sabía qué iba a encontrar y dónde se hallaba, pero no quería desilusionarle.

-¿Anoche no dejaste los zapatos en el salón? -le preguntó Víctor con cara de sorpresa-.
-No, la verdad, no se me ocurrió.

-Entonces igual no te han dejado nada, mamá.

-Quizás he sido mala y merecería el carbón y ceniza.

-No digas eso, mamá -le contestó el niño abrazándose a ella y dándole un beso en la mejilla-. Tu no eres mala, además yo he pedido que te trajeran algo.

-Bueno busquemos con cuidado, puede que lo hayan dejado en cualquier parte del salón.

Verónica empezó a simular que buscaba en los sitios más insólitos del salón, junto a la chimenea, detrás del sofá, bajo la mesita de las revistas, pero no. No era allí. Miraba a Víctor de reojo mientras fingía todo esto. El la seguía con la mirada, pensativo. De pronto, el niño reparó en el árbol de Navidad.

-Mamá, ¿has mirado en el árbol de Navidad?

-No se me había ocurrido. ¿Tú crees que pueden haber dejado algo en el arbolito?

-Bueno, al no ver tus zapatos pueden haber dejado tu regalo en cualquier parte.

-Espera, creo que ahí hay algo, junto a la estrella. ¿Lo ves?

-¿Ese paquetito pequeño?

-Sí, quizás sea ese el regalo.

Verónica despegó de la rama el paquete envuelto en papel de regalos. Se arrodilló para abrirlo delante de Víctor y así dejar que su inocencia siguiera con atención aquel proceso y viera el frasquito pequeño de colonia que había dentro.

-Es colonia -dijo el niño con una mezcla de asombro y decepción-.

-Sí, ¿qué esperabas que me podían dejar? Es una colonia que huele muy bien. Tenía ganas de que me la regalaran y se la pedí en mi carta.

-Bueno, si eso fue todo lo que pediste, entonces ellos no tienen la culpa. Pero me hubiera gustado que te dejaran más cosas, como a mí.

-No te preocupes, otro año lo harán, ya lo verás.

Verónica dejó al niño en el salón y regresó a la cocina. A través de la ventana vio el jardín con la hierba cortada, las plantas, su buzón de correos al fondo, junto a la acera.

Recordaba su carta, aquella que había escrito con el pensamiento. Recordaba muy bien lo que había pasado por su cabeza en aquellos momentos. Pero no, no podía ser. Hoy era día de fiesta. Nadie trabajaba y por lo tanto no podía tener correo esperándola. ¿Y si fuera cierto y su sueño se hubiera cumplido?

Abrió la puerta de la calle, cruzó el jardín y abrió el buzón de correos. Había un sobre con su dirección. Temblando y sin salir de su asombro lo tomó y se dirigió hacia su casa. Abrió el sobre y sacó una cuartilla escrita con la letra que tan bien conocía.

Empezó a leer y sin poderlo evitar unas lágrimas empezaron a resbalar por sus mejillas. Oyó la voz de Víctor que venía del salón. Sacó un pañuelo para secarse precipitadamente los ojos dejando la carta sobre la mesa.

-¿Estás llorando, mamá?

-No, Víctor. No es nada.

-¿Entonces qué te pasa? ¿De quién es esa carta que está en la mesa?

-Es de los Reyes, Víctor.

-¿De los Reyes? -le preguntó el niño sorprendido-, ¿y cómo te han mandado una carta? ¡Qué raro!

-Sí, si que es raro.

-¿Y qué te dicen en la carta?

-Que no me preocupe, que vas a ser muy bueno. Que harás todo lo que te mande y que estudiarás mucho este año.

-¿Ves mamá?, ellos lo saben. Voy a ser bueno, ya te lo dije yo.

-Sí, mi cielo. Anda ve a jugar con los regalos.

Y el niño salió de la cocina mientras Verónica buscaba la carta para releer las líneas escritas y que le habían provocado aquel estremecimiento.

Nunca las olvidaría, aunque ella no sabía si estaba soñando aún y si todo era producto de ese hermoso sueño. Pero aunque así fuera nunca olvidaría esas líneas escritas para ella, la niña que guardaba celosamente en su alma, por esa persona tan especial que sabía que la amaba.

Cerró los ojos y recordó el contenido de aquella carta...

"Mi querida canija...

En este día tan especial, en que los Reyes llegan a todos los niños con sus regalos, quisiera que uno, también especial, llegara a ti con mis líneas.
No, no se trata de un regalo material. No va a ser ropa, calzado, colonia ni nada de eso. Sabes bien que yo no puedo darte nada así.

En este día dedicado a los niños, yo te mando por medio de estas líneas mi cariño y amor. Sé que tú, que aún sigues siendo una niña, serás capaz de verlo y sentirlo así. Sé que acariciarás con tu mano la cara invisible que añoras, que sentirás el abrazo cálido de mi cuerpo y saborearás el beso que te mando en estas líneas para que llegue a tus labios.

Este es mi regalo, canija. Sabes que todo mi cariño es tuyo, que mi pensamiento te pertenece y me acompañas a todas partes, porque tú formas parte de mi vida desde que te conocí.

Sé que es muy poco este regalo para todo lo que mereces. Sé que tu vida es dura y difícil y que las rosas del jardín de tu vida tienen espinas y te hacen sangrar cuando tratas de recogerlas. Pero yo estoy a tu lado. Lo sabes bien. Siempre he estado y aquí seguiré estando para lo que necesites.

No, no digas nada, mi cielo. Sólo sueña en este día y déjate llevar. Sueña con Víctor, mira como juega con sus juguetes y piensa que tú también eres una niña. Quizás nunca dejaste de serlo. Y luego, cuando vayas a casa de tus padres a recoger los regalos para el niño y para ti, dales un beso de mi parte.

Hoy es un día especial, canija, por eso te pido que no dejes nunca de ser esa niña que conocí.

Un beso con todo mi cariño y amor, Miguel"


Rafael Sánchez Ortega ©
09.01.06

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